Corren tiempos revueltos. Para la universidad no menos que para el país y la época que corre. La una depende de la otra, pero también la expresa, como una esencia, una metáfora. Emblema de un tiempo y de una forma de ser en el mundo. Un país es muchas cosas, pero también y de un modo sustantivo su universidad, final e inicio de tantas realidades y trayectorias conjuntas e individuales. Esenciales todas. La grandeza de un país depende drástica, decisivamente de su sistema educativo y este culmina en el universitario, que en buena parte configura otro mundo, con sus convergencias, pero también con sus especificidades. Esto no es (sólo) un tópos apenas interiorizado que se repite en según qué círculos de tanto oírlo en personas respetables, un lugar común que olvidar en cuanto hay que tomar decisiones. Esto es, o debiera ser, política de Estado, de comunidad, de nación. Razón de vida.

Los problemas de la universidad son por lo demás mucho más de medios que de fines. Sin medios suficientes y la discusión sobre ellos hablar de fines es como expulsar aire por algún orificio. Los grandes países de nuestro entorno invierten (es decir, siguen invirtiendo) en sus sistemas universitarios en tiempos de crisis no sólo por razones de prestigio o de cultura fuertemente interiorizada (razones en sí mismas suficientes), sino por pura supervivencia: por la más elemental estrategia no sólo identitaria. Saben que está en juego el futuro. El del país. Apenas cabe insistir en que el único ámbito en que Europa mantiene su hegemonía es el de la cultura: la cultura libre, magnetizada desde el motor del artista individual o colectivo; la cultura sedimentada, siempre en movimiento, pregnante, impregnadora; la cultura, también, universitaria, pues es la universidad el depósito natural y crítico, conservador y regenerador al tiempo del saber acumulado generación tras generación. Obviedades: que hay que repetir una y otra vez en tiempos adocenados.

Conviene debatir, no obstante, en este ámbito, sobre cuestiones concretas. Los medios no son sólo económicos; lo son también humanos. Ninguno más importante en términos políticos que el de la elección de rector. Sobre el papel sólo hay dos posibilidades: o se elige al rector por la comunidad universitaria que va a dirigir o el Rector es elegido desde fuera, por agentes económicos, políticos y sólo parcialmente universitarios. Defender lo segundo para nuestro sistema como alguno desde fuera de la universidad hace es, en el mejor de los casos, no entender nada de lo que la universidad pública es, ha sido y debe seguir siendo en nuestro país y pretender importar lo que funciona (o no tanto) en sistemas universitarios donde el peso de la iniciativa privada es absoluto. Simplemente, y en el más inocente de los casos, es hablar por hablar. Por lo demás, desde una interpretación diáfana del principio de autonomía universitaria reconocido por la Constitución el rector debe ser elegido por los universitarios. ¿Por todos o por una pequeña parte? Parecería ocioso plantear siquiera esta pregunta. Casi siempre la mejor forma de mirar las cosas es directamente, aunque -entonemos un mea culpa– los leguleyos (que no los juristas) tienden a retorcer lo obvio para sostener lo deseado. Sólo hay para mí una forma de elegir rector desde la pureza democrática y no es la primera vez que lo defiendo públicamente, incluso en la prensa: la que tienen todas las universidades públicas españolas, menos la mía, la única que volvió a la elección por claustro universitario (algo más de trescientas personas) cuando la reforma impulsada por Zapatero permitió a las universidades cambiar lo que Aznar había circunscrito a la elección por sufragio. Tras esa reforma, y antes de ser elegido decano, decidí por eso ni siquiera presentarme al claustro. No caben paternalismos y están demás las ofuscaciones. No hay que atacar a nadie para defender lo obvio, salvo que no importe contaminarlo. Algunas -muy pocas- personas honorables (pero ninguna desinteresada) me han defendido el sistema claustral como preferible al que permite votar a varias decenas de miles de personas. Pero al final la cuestión se reduce a decidir si les damos a todos la oportunidad de elegir directamente o no se la damos. Una universidad es distinta, sin duda, pero no es menos, que una comunidad de vecinos. ¿Son “alquilados” los no claustrales en su propia casa? A un rector lo debe elegir la totalidad de su universidad por sufragio universal ponderado entre los profesores, los alumnos, el personal de administración y servicios. Y no unos elegidos que votan lo que quieren. En términos electorales da igual que se elija al mejor o al peor candidato rectoral, entre otras cosas porque eso sólo se consolida a posteriori… y porque nada de ello tiene que ver con la esencia de elegir, que es un acto que no se mide por el resultado. Elegir implica acertar o equivocarse, pero eso no es hablar del cómo elegir, sino de a quién. Y en una democracia el quién no puede predeterminar el cómo.

Alfonso Castro

DIARIO DE SEVILLA