Sandra León
EL PAÍS
Ayer asistimos al colofón electoral de un periodo trepidante en la competición política en España. El sistema de partidos de los últimos treinta años ha llegado a su fin y el nuevo panorama electoral se concreta en un aumento de la fragmentación partidista. Visto en perspectiva, esta ha sido la crónica de un cambio anunciado. Nuestro sistema se ha sostenido durante los últimos cuatro años sobre una crisis de representación que eclosionó en las calles y se consolidó con las múltiples iniciativas de movilización social sectorial, para finalmente penetrar en la arena política transformando el sistema de partidos. Lo verdaderamente novedoso a partir de hoy será la gestión de una representación política más diversa y fragmentada. La evolución del mapa político desde principios de año ha estado acompañada de una mejora continuada de la valoración de la situación en las encuestas del CIS. Que esta mejora se produzca justo en el momento en el que se produce una profundización en la oferta electoral da una idea de las esperanzas que muchas personas están depositando en los cambios. No obstante, todos los partidos, especialmente los nuevos, deberán adaptarse en los próximos meses al nuevo mapa de competición partidista en un proceso que seguramente no estará libre de incoherencias o renuncias. Si las expectativas de los ciudadanos se establecen sobre el corto plazo, existe el riesgo de que las esperanzas de hoy sean proporcionales a la desilusión de mañana. Puede que muchos de quienes ayer votaron lo hicieran pensando en que otra forma de hacer política es posible. Pero, de momento, con lo que hoy nos hemos levantado es con un sistema político diferente que nos obliga a repensar nuestra manera de gobernar para los próximos meses y, casi con seguridad, para los próximos años. Que las nuevas formas de gobernar redunden en otra forma de hacer política depende en gran medida de los partidos políticos y de los cambios institucionales que estos aprueben, pero también de la capacidad de la ciudadanía de adaptarse sin frustración a las exigencias derivadas de un contexto político más plural. El mejor antídoto contra el desengaño pasa por el reconocimiento libre de prejuicios de las oportunidades y retos que se abren en este nuevo tiempo político. Por un lado, la traslación de la fragmentación partidista en la formación de Gobiernos obliga a los partidos a llegar a acuerdos y pactar, y quizás eso favorezca que el consenso se convierta en un elemento esencial de nuestra democracia. La dinámica del acuerdo puede contribuir a que la crispación política sea algo del pasado y a que la competición interpartidista deje de concebirse exclusivamente como un juego de ganadores y perdedores. Los partidos estarán obligados a entenderse para sumar mayorías, por lo que la división entre lo viejo y lo nuevo que tanto se ha enfatizado durante la campaña electoral puede acabar desactivándose en el proceso de formación rra una paradoja. Los cambios que se han producido en el sistema de partidos tienen su origen en la sensación por parte de los votantes de que los partidos políticos tradicionales habían traicionado su ideología o gobernado a espaldas de las preferencias de los ciudadanos.