Gumersindo Ruiz

En la celebración del día del trabajo se ha visto de nuevo la preocupación por una situación de paro que dura ya ocho años. Pero, además, aparece una protesta generalizada por el deterioro de las condiciones de trabajo que afecta prácticamente a casi todo el planeta. La cuestión no es ya cómo organizar una economía para tener ventajas frente a otras, sino la falta de confianza en que el recetario para generar empleo y buenos salarios tenga algún valor práctico.

El nuevo Anuario Joly de Andalucía nos informa muy bien sobre nuestra situación laboral. El 16,8% del total del empleo en Andalucía es público, 2,7 puntos más que la media española, que es exactamente lo que sobrepasa el empleo de los ayuntamientos y diputaciones de Andalucía a la media nacional. Somos el 18% de la población española, y generamos el 15,5% del empleo y el 23,7% del paro; pero la mitad del débil crecimiento de la población española se debe a Andalucía. Los costes laborales son casi un 10% inferiores en Andalucía a la media española, quizás por el fuerte peso del sector servicios, donde están los salarios más bajos; los costes son inferiores en todos los sectores, por lo que en buena lógica de mercado debería ser un atractivo para la inversión y empleo.

Desde hace años los salarios no siguen los incrementos de la productividad; se podría decir incluso que la baja productividad en Andalucía viene de los bajos salarios, que estimula una forma de producción con mano de obra barata e inversión, tecnología e innovación limitadas. En el ámbito de las grandes empresas los beneficios se reparten en forma de dividendos y recompra de acciones; no se invierte, y se genera empleo limitado; el desarrollo de las comunicaciones permite disponer de mano de obra barata en cualquier lugar del mundo. Por su parte, los sindicatos se ven hoy con escasa capacidad de negociación, poca afiliación, y una cierta indefinición de su papel ante la complejidad de las cuestiones actuales. El salario mínimo, el envejecimiento de la población, las pensiones y prestaciones sociales, el paro juvenil, el desánimo ante el tipo de empleo de bajo nivel que se ofrece, la aparición de una clase de empleados por cuenta propia, obligan a una reinvención y a pasar de una posición de defensa y reivindicación, a otra de innovación en las relaciones con las empresas, la sociedad y la política.

Este panorama nos llevaría al desánimo si no fuera por el azar que gobierna, para mal y para bien, las acciones humanas. Hay, afortunadamente, una falta de predictibilidad en la política ante el descontento por la falta de un proyecto colectivo que evite la exclusión; y las empresas, financieras o no, no están seguras de cómo reaccionar ante los desequilibrios financieros, la débil demanda de consumo y la desconfianza social en su gestión. Los peligros que presenta la convulsa situación actual, y que tiene su reflejo en el trabajo humano, pueden también llevar a acciones que interrumpan procesos económicos aparentemente inexorables; es lo que -como decía Hannah Arendt- hace a la política tan desesperadamente contingente, y tan milagrosamente abierta al cambio.

DIARIO DE SEVILLA