Rogelio Velasco
DIARIO DE SEVILLA

Hasta hace pocos años, las civilizaciones que componen el mundo vivían cada una en sus territorios. Pero el mundo se ha hecho un lugar más pequeño como consecuencia de los avances económicos y tecnológicos, que permiten entrar en contacto con mucha mayor facilidad que en el pasado. El contacto entre ellas en el mismo territorio pone de manifiesto diferencias esenciales que existen en lengua, cultura, tradiciones y, sobre todo, religiones.

Esas diferencias incluyen puntos de vista diferentes acerca de las relaciones entre los dioses y las personas, los individuos y los grupos, los ciudadanos y el Estado, los padres y los hijos, los maridos y las mujeres. Esas diferencias se extienden a la importancia de los derechos y las responsabilidades, la libertad y la autoridad, y los conceptos de igualdad y de jerarquía. Son los elementos que Samuel Huntington desarrolló hace veinte años. Estas diferencias sobre aspectos esenciales que condicionan y alumbran nuestro comportamiento se han ido decantando durante siglos y no resulta nada fácil cambiarlos, cuando el caldo de cultivo son las iglesias en donde se transmiten formas de pensar y actuar, especialmente en entornos coactivos en los que salirse de las normas representa enfrentarse a la comunidad e incluso a la propia familia.

Los cambios económicos y tecnológicos han provocado a lo largo de la historia una fuerte resistencia, porque las sociedades son conservadoras y se niegan a aceptar el progreso. En los países occidentales, esas resistencias han sido vencidas -a ritmos diferentes y en momentos del tiempo distintos- por la fortaleza extraordinaria de los cambios económicos y tecnológicos. No ha sido así, sin embargo, en muchos países fuera de Europa Occidental, en los que los mecanismos de control social -especialmente cuando las organizaciones religiosas detentan mucho poder- han impedido el progreso y la libertad. Este rechazo no es sólo interno. Se ha extendido durante los últimos años a los países que transmiten esas ideas y principios de filosofía política. La pobreza generalizada en los países de origen ha constituido un caldo de cultivo para que ese rechazo se fortaleciera. Pero también las situaciones de marginación de los inmigrantes que viven en guetos sin inserción dentro de los países occidentales.

El daño causado en los atentados que se han producido en los últimos años en los países occidentales -incluyendo el terrible y reciente de París- se ha extendido a los propios países de los que provienen los elementos más radicales, infligiendo también un daño enorme a las economías. En Egipto y Túnez y, en menor medida, en Turquía, el turismo occidental -que representa el primer sector económico- casi ha desaparecido. Pero parece que la lógica diabólica reside en destruir la economía, empobrecer al país y esperar que la gente se radicalice aún más. Si las autoridades religiosas y políticas de algunos de esos países no se implican y transmiten otro tipo de comportamientos y actitudes vitales, la nueva normalidad consistirá en atentados recurrentes en los países occidentales.