Gumersindo Ruiz
DIARIO DE SEVILLA

En los meses anteriores a estas elecciones se ha argumentado en algunos círculos que el mejor resultado electoral, desde el punto de vista del funcionamiento de la economía, era el continuismo de la política económica. No lo vemos así porque bajo la superficie de unos pocos datos como el crecimiento del producto y la vuelta del empleo a como estaba hace cuatro años se esconden unos gravísimos desequilibrios económicos y sociales. Desde la crisis financiera de 2007 se ha vivido un empeoramiento en las condiciones de vida para amplias capas de la población y un deterioro la convivencia, disimulado en parte por la transformación de la política monetaria y de liquidez.

Los activos de los balances de los bancos centrales son hoy una obesa tripa donde se digiere deuda pública y privada por valor de casi cuatro millones de millones de dólares en el caso de la Reserva Federal y más de tres millones de millones de euros en la del Banco Central Europeo, y todo eso con tipos de interés negativos o ridículos.

Los bancos centrales se ven como instrumentos políticos que favorecen a los demócratas en Estados Unidos, y a los gobiernos en el poder en Europa, permitiendo que, por ejemplo, el gobierno español haya podido bajar los impuestos y seguir inflando una deuda pública que sobrepasa ya el millón de millones de euros, que estamos dejándole a nuestros nietos, pero que no parece importar a nadie. A cambio, se accedió a las exigencias del rescate que nos impuso la Unión Europea en 2012, en el llamado Memorandum de Entendimiento, sobre el que se hacen excepciones en periodos electorales para mantener en lo posible el statu quo político. Claro que una continuidad es lo que desean los mercados financieros porque favorece la inversión en bolsa y activos de riesgo ante la imposibilidad para los ahorradores de encontrar rentabilidad si no es asumiendo riesgos. Pero este espejismo monetario no confunde a todos; la bolsa española, en negativo, es la que peor comportamiento tiene del área del euro, y los bancos españoles, excepto dos, cotizan por debajo de lo que valen según sus balances. Los precios, que cerrarán el año en negativo, -0,6%, y la débil demanda de crédito, también en negativo, -4,6%, son el inconfundible pálido aspecto de la anemia económica, pese a que se maquille el rostro actual de la economía.

La continuidad no sólo es indeseable, sino imposible. Interpreto los resultados electorales como que más de un 70% de los electores en España y de un 75% en Andalucía quieren otra cosa; no todos la misma, pero sí avanzar en otra dirección, o simplemente avanzar. El lenguaje lleno de ruidos de los datos económicos no puede ocultar más tiempo que las profundas desigualdades que ha marcado la crisis dentro del mercado de productos y servicios, sectores y empresas, entre trabajadores, territorios, rentas y capitales, dificulta que la economía real funcione. Pero no sé si de las fuerzas en el nuevo panorama político español puede salir un vector con intensidad suficiente para corregir la trayectoria que llevábamos hacia un futuro oscuro, injusto e insolidario.