Editorial

EXPANSIÓN
Tras la renuncia táctica a la investidura que Mariano Rajoy comunicó al Rey al pasado viernes, cabía alguna esperanza de que, pasados unos días, la madeja de la gobernabilidad se simplificara, toda vez que Sánchez quedaba impelido a mover ficha. Sin embargo, las declaraciones de los distintos líderes políticos expresadas ayer no solo no aclararon el incierto escenario, sino que lo complican todavía más. El PSOE, descolocado, sigue echando balones fuera parapetado en el mantra de que “es el tiempo de Rajoy”; el PP insiste en el riesgo para España y para los propios socialistas de echarse en los brazos de un gobierno de Podemos. En Génova fían la posible solución a un veto de los barones territoriales del PSOE al pacto con los diputados de la izquierda radical, lo que allanaría el camino hacia una gran coalición entre los partidos tradicionales o, en su defecto, hacia la repetición de las elecciones. El posible Gobierno a la portuguesa o pacto de perdedores tampoco avanza en absoluto, porque Pablo Iglesias sigue empeñado en agrandar el órdago de la semana pasada, cuando exigió la vicepresidencia y un Ministerio de Plurinacionalidad para la sección catalana de su partido. Ayer volvió a reclamar prácticamente la mitad de las carteras, y el diputado catalán Xavier Domènech avanzó que, si entra en el Gobierno, llevará a cabo un referéndum en Cataluña. Por lo tanto no hay nada que haga pensar que Podemos ha abandonado sus “líneas rojas”. Para más inri, la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, lejos de contribuir a la serenidad, se desmarcó ayer anunciando la creación de un partido para defender el “derecho a decidir” sin las directrices de Iglesias. Ayer habría sido un buen día para que Sánchez anunciara que se apea de este caballo desbocado con el que quiere alcanzar La Moncloa. Pero hizo todo lo contrario y reiteró su apuesta por “el cambio”. La situación es tan insólita que ningún reglamento dice cuánto puede estirarse esta situación hasta el primer pleno de investidura, momento en que, entonces sí, empieza la cuenta atrás de dos meses hasta la repetición de elecciones. El daño sería limitado si no fuera porque España no tiene tanto tiempo. El último informe de Bruselas avisa de que la deuda es insostenible, y el propio Gobierno reconoce que se paralizan decisiones de inversión. PP y PSOE deberían abandonar sus individualismos y empezar a negociar una gran coalición, la única opción que sería duradera; o, en su defecto, admitir que son incapaces de ello y aceptar públicamente que solo queda el camino de otras elecciones.]]>