EDUARDO JORDÁ
HUELVA INFORMACIÓN

Bajo la lluvia helada, intento comprar unos cordones de zapato. Voy a varias tiendas, recorro calles, pregunto, pero la tarea resulta en vano. Por lo visto nadie vende ya cordones de zapato, a no ser -me dicen- que vaya a una tienda que está en el otro extremo de la ciudad. Y mientras tanto, voy pasando por locales y más locales vacíos en los que cuelga el cartel ominoso de Se alquila o Se vende. En esos locales hubo agencias de viajes, boutiques de moda, bazares chinos, carpinterías, perfumerías, tiendas de comestibles, droguerías, almacenes de material eléctrico, zapaterías, tiendas de muebles… Ahora ya no queda nada de eso.

La memoria de cualquier habitante de las ciudades de Europa, desde los tiempos de Baudelaire, era la de un interminable catálogo de tiendas donde se podía comprar de todo: loros, armas, globos terráqueos, tebeos, perfumes, pigmentos, sombreros, alfileres, grabados, naipes, licores o drogas (sí, drogas como el láudano o el éter o la cocaína, o incluso la heroína, que se vendía en frascos de la casa Bayer como remedio contra la neumonía a finales del siglo XIX). Y todos nosotros asociábamos una parte importante de nuestra vida -con sus historias de amor y sus momentos felices, pero también con su reverso en forma de desengaños y enfermedades- con determinadas tiendas que les habían servido de escenario o de trasfondo. Pero eso ya ha pasado a la historia. Nuestra memoria, a partir de ahora, será tan sólo la de los volátiles catálogos virtuales de venta por internet.

Hay gente que no ve nada malo en ello -en internet, dicen, se puede comprar todo lo que quieras, incluidas armas y heroína y cosas aún peores-, pero uno se pregunta cuántos puestos de trabajo remunerado se han perdido por el camino. La mayor utopía social que hemos conocido ocurrió en la segunda mitad del siglo XX, en Europa, cuando una familia entera podía llevar una vida digna con un pequeño negocio -una mercería o una droguería, por ejemplo- y podía mandar a todos sus hijos a la universidad. Eso sí que fue una utopía razonable que no hemos conseguido valorar en todo lo que se merecía, hasta que ha sido demasiado tarde y nos hemos encontrado con todos esos locales vacíos y los letreros ominosos de Se alquila o Se vende. No sé si somos realmente conscientes de esta terrible mutación social. Un informe de la OIT anuncia 212 millones de parados en todo el mundo para el final de esta década. Y mientras tanto, tendré que seguir buscando cordones para los zapatos.

EDUARDO JORDÁ
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