Ignacio Camacho
ABC

Hay una mala noticia en el comienzo de la campaña catalana y no se trata, o no sólo, de las encuestas, sino de que el soberanismo ha impuesto su marco mental, su frame plebiscitario. Ha hecho creer incluso a sus adversarios que la independencia es posible. Y esta i dea, que podría resultarle contraproducente al separatismo en la medida que lograse movilizar a los no nacionalistas, le beneficia porque estos acuden a las urnas desunidos. Como en teoría no pueden aceptar el plebiscito, los constitucionalistas se presentan por separado y además atizándose entre ellos en busca de mayor cuota de escaños, mientras los partidarios de la secesión caminan agrupados tras el puntero de la Diada. El propio nombre de su candidatura, Juntos por el Sí, asocia a sus rivales con un imaginario «No» que les condiciona el discurso y los empuja a involucrarse, sin la cohesión necesaria, en una consulta que no existe… pero que de hecho está planteada.

Este es el gran triunfo del nacionalismo: ha creado un marco dominante sobre el que referenciar su propia identidad con un enemigo. Ha fabricado con éxito una otredad deshumanizada que se contrapone con su propuesta mesiánica de redención, y mediante una asfixiante propaganda impone su realidad virtual con aplast ante eficacia. Lo más i nquietante de la movilización de la Diada no fue el alto número de manifestantes sino el espíritu de crédulo infantilismo que los iluminaba; resultaba fácil ver hasta qué punto se sentían portadores de un idealismo redentorista, de una excelsa autoestima. No se veían a sí mismos como figurantes anónimos de un espectáculo de masas –títeres de la «cultura de estadio» de Sloterdijk—sino como orgullosos protagonistas de un proceso de emancipación que los distingue y esclarece frente a la sombría realidad española. El independentismo ya no es un programa político: es un sentimiento, una creencia. Un mito contra el que cualquier oposición racional adquiere los tintes siniestros de una conspiración prosaica.

Los partidos constitucionalistas se enfrentan, pues, a una patología emocional. La secesión ha dejado de ser un proyecto, incluso un estado de opinión, para convertirse en un estado de ánimo «irreconducible», como calificó el Rey, ante el indiscreto Revilla, la actitud desleal del presidente Mas. Lo verdaderamente irreconducible es, sin embargo, el creciente pensamiento mágico que configura la frontera invisible de una exclusión: la de todos los que no comparten ese halo de virtud narcisista que los independentistas se han autoconcedido. Las palabras más terribles de este proceso de separación xenófoba ya han sido pronunciadas: españoles residentes en Cataluña. La extranjerización semántica del disidente está en marcha bajo un dogma de sedicente superioridad moral. Una nueva sociedad estamental cuyo horizonte señalaba el viernes el puntero de colores de la Meridiana.