Manuel Arias Maldonado

EL MUNDO
Si las cosas nunca cambian, ¿no será entonces que preferimos que se queden como están? Así reza el interrogante decisivo para entender las próximas elecciones andaluzas y contemplar, si es posible con serenidad escéptica, la campaña electoral ya en marcha. Más aún, es seguramente ahí donde hay que empezar si se quiere comprender la entera sociedad andaluza, consumada experta en eludir esa pregunta. Vaya por delante que el problema que padece eso que llamamos Andalucía no es, ni mucho menos, exclusivo. Se trata de una aguda discrepancia entre la retórica del cambio urgente y la realidad de su permanente aplazamiento. Pero lo que diferencia a Andalucía de otras regiones es que, aparentemente al menos, hay demasiada distancia entre la comunidad posible y la comunidad existente. Esto lo compensamos con sintagmas como la famosa «calidad de vida» y apelaciones diversas a la identidad cultural. Pero, en última instancia, los datos son claros a la hora de señalar el desaprovechamiento crónico de su potencial y las severas desventajas que ello comporta: desde el exilio forzado de los jóvenes hasta la pobreza espiritual que se deriva de una vida subvencionada. Sobrarían, pues, razones para el cambio. No hablamos solamente de un cambio político, sino más bien de un cambio cultural impulsado o reforzado por los actores políticos. Sucede que ese deseo, así profesado, atraviesa ahora mismo como un espectro toda España, hasta tal punto de que no hay partido político que no abrace la retórica del cambio: radical o sensato. La demanda de novedad ha alcanzado así su paroxismo; nadie quiere que las cosas se queden como están. O al menos, nadie se atreve a decir lo contrario. Sin embargo, como demuestra el caso francés, de actualidad estas semanas después de que el gobierno socialista haya debido aprobar por decreto una tímida batería de medidas liberalizadoras que ha sacado a la calle a protestar a todos los que quedaban por salir, nadie quiere lo que dice querer. Más bien, se experimenta el deseo imposible de un cambio que no suponga cambio alguno. O mejor aún: uno que sólo implique a los demás. ¡He ahí la más dulce de las medicinas! Y es que la mayor parte de los votantes son free-riders: quiere disfrutar de las ventajas de una situación cuyos costes son soportados por otros. Si compramos la mercancía del cambio, ahora en todas las tiendas, es a condición de que dejen de entregárnosla. Desde este punto de vista, Andalucía es un enigma porque sus ciudadanos parecen impermeables a eso que Sloterdijk ha denominado, bebiendo en fuentes griegas, los impulsos timóticos: el deseo de reconocimiento, la aspiración a la mejora individual, la disposición a una generosidad servida por el éxito. Predominan, por el contrario, siguiendo su propia clasificación, los impulsos eróticos de quienes desean la acumulación de bienes, aunque sea por la vía de la corrupción en sus diversas formas, y el resentimiento igualitario de los perdedores, manifestado por doquier en forma de queja pasiva. Por supuesto, hay un buen número de ciudadanos que no sólo desean una sociedad diferente en aspectos fundamentales, sino que están dispuestos a protagonizar el proceso de transformación correspondiente. Pero no son suficientes y, entre ellos, tampoco logran ponerse de acuerdo sobre la dirección a seguir. Para la mayoría, sin embargo, no hay nada que cambiar. ¡Aunque crean pensar lo contrario! Así las cosas, construir un relato político de cambio para el electorado andaluz es un delicado ejercicio de cinismo, ya que resulta necesario fingir que va a hacerse aquello que, de hacerse verdaderamente, provocaría el rechazo inmediato de quienes han votado en su favor. Estamos, en consecuencia, ante un puzzle diabólico que nadie puede completar. Quizá, más que urnas, lo que necesitamos son divanes.
Manuel Arias Maldonado
EL MUNDO
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