Editorial
EXPANSIÓN

Al Gobierno le han llovido las críticas por la supuesta utilización electoralista al anticipar los presupuestos para 2016. Se le acusa de oportunismo por los evidentes guiños electoralistas, al tiempo que se pone en cuestión el propio adelanto en sí mismo ante el previsible cambio del mapa político que podrían dejar estos presupuestos en papel mojado. Pero aun con este evidente elemento de incertidumbre, la iniciativa debe ser puesta en valor ante el ineludible compromiso de alcanzar el equilibrio presupuestario lo antes posible.

Respetuosos con el objetivo de déficit. Es probable que en ausencia de elecciones, la mejora salarial de los funcionarios no se hubiera producido por considerarse aún prematura. Lo mismo podría decirse de otros gestos electoralistas, como las mayores transferencias autonómicas, la subida de las pensiones para las madres o el mayor gasto para RTVE y el cine.Pero en líneas globales estos presupuestos son continuistas, respetuosos con el compromiso fiscal y en nada beneficiaría dejar abierta una incógnita que tanto pesa para la estabilidad de la economía. España se enfrenta aún a la necesidad de acometer un elevado ajuste presupuestario. Seguimos teniendo el dudoso honor de soportar el mayor déficit de la eurozona, sólo superado por Chipre, y todavía queda un largo trecho hasta alcanzar el objetivo de estabilidad presupuestaria, pospuesto a 2018. Que la sensación de riesgo se haya mitigado en gran parte por el BCE, no debe hacer bajar la guardia. Si este presupuesto se ha permitido ciertas concesiones se debe al ahorro previsto en el coste de la deuda en 2.000 millones, a la reducción de las prestaciones por desempleo en 6.000 millones y a la esperada mayor recaudación por el vigor del crecimiento.

Políticas reformistas. De ahí la importancia de perseverar en las políticas reformistas que permitan seguir recortando el coste de la deuda y espolear el empleo, porque los riesgos sólo se verán conjurados hasta alcanzar una convergencia real con el núcleo duro de la eurozona con mejor comportamiento presupuestario. Mientras, sería iluso descartar sobresaltos, especialmente en un escenario de próxima subida de tipos en EEUU, de un posible nuevo episodio griego o de retirada de estímulos del BCE. Nuestro elevado endeudamiento, tanto público como privado, especialmente el externo que alcanza una cifra equivalente al PIB, constituye, como el propio ministro Montoro recordó ayer, un indudable elemento de vulnerabilidad.

Consolidación fiscal. Para escapar a esta zona de riesgo, se requiere un esfuerzo de consolidación fiscal de aproximadamente 1,4% del PIB, en el presente y próximos años. Un objetivo ambicioso, difícil de alcanzar, en ausencia de un mínimo consenso social y político, que se antoja complicado a partir de las urnas de diciembre. Estos presupuestos aspiran a reducir el desequilibrio hasta un 2,8% del PIB en 2016. El cuadro macroeconómico que soporta estas hipótesis, especialmente la de ingresos tributarios, responde a una razonable credibilidad, que a la postre es la clave de bóveda de toda política presupuestaria.

Riesgos. Pese a ello, hay riesgos. No cabe descartar una cierta desaceleración del crecimiento a medida que se agoten impactos como el hundimiento del precio del petróleo o la depreciación del euro. También cuesta creer que las autonomías cumplan con la reducción del déficit al 0,3%, o que la Seguridad Social no necesite seguir drenando recursos del fondo de reserva, pues los ingresos por cotizaciones no están respondiendo a la mejora del empleo. Pero más allá de la coherencia global de las cifras, lo que demuestran estas cuentas, hipotecadas en más de un 53% por el gasto social, es el escaso margen de maniobra para mayores gastos.

Próxima legislatura. De cara a la próxima legislatura, resulta esencial retomar una agenda de reformas que disciplinen las principales partidas de gasto. Pero no soplan vientos especialmente favorables para realizar esta tarea. En el actual clima político se asiste a una peligrosa subasta de promesas electorales, sin importar si cuadran o no con las posibilidades de financiación. Por eso, una virtud del escenario presupuestario dibujado por el Gobierno es mostrar los escasos márgenes de actuación fiscal, a menos de liberar recursos mediante reformas de calado. Lo malo es que pese a esta evidencia, el discurso del rigor goza cada vez de menor predicamento. A lomos del populismo más o menos acentuado de nuevas formaciones con ansias de progresar rápidamente en el favor de los electores, todos al final se han acabado contagiando en mayor o menor medida. En suma, estos presupuestos están llamados a servir de piedra de toque para aquilatar la solvencia de las promesas que pronto se pondrán en circulación de cara a las elecciones.