Ignacio Camacho
ABC

Esperan días crispados. Un forcejeo de alta tensión. Los estragos de la crisis, el colapso de la política tradicional y el desgaste del Gobierno en un mandato abrasivo han desembocado en lo que los británicos llaman un «Parlamento colgado» (hung parliament), sometido a la inestabilidad de una fragmentación que puede convertir la investidura en un descalzaperros. La victoria agónica del PP, descalabrado en más de 60 escaños, unida a la facturación escasa de Ciudadanos, la resistencia relativa del PSOE y el éxito de Podemos, permite a la izquierda acariciar la posibilidad de un vuelco en colaboración con los soberanistas catalanes; una alianza de inquietantes consecuencias para el modelo territorial y la propia integridad nacional del Estado.

El desplome del marianismo es indiscutible al margen de su exiguo triunfo y del moderado fiasco de Rivera. Apenas lo puede endulzar su hegemonía de bloqueo en un Senado de cuestionada utilidad. Su estrategia de recuperación económica no ha funcionado; la decepción de sus electores de 2011 ha dividido el centro-derecha provocando la misma autolesión que le costó en mayo gran parte de las autonomías y ayuntamientos. La suma del PP con C’s, implícito marco mental mayoritario de los votantes de ambas candidaturas, puede resultar insuficiente para alcanzar una masa crítica de pacto. Aun a seis puntos de los socialistas, el recuento deja a Rajoy con un margen muy comprometido para su reelección aunque en la lógica democrática le corresponda iniciar las conversaciones de investidura. Resulta imposible sin embargo soslayar la dificultad del empeño, que sólo podría tener éxito mediante un ejercicio de responsabilidad histórica tanto de C’s como de un PSOE cuyo líder está sometido a debate interno y hostigado por la eclosión de Podemos, en condiciones de discutirle a medio plazo la referencia de la izquierda.

Salvo la muy improbable fórmula de entendimiento bipartidista o un alambicado acuerdo en minoría de PSOE y Ciudadanos con la abstención de Podemos, el precedente de las locales sugiere un posible pacto para desalojar a la derecha del poder, aunque deba apoyarse en el radicalismo rupturista de Pablo Iglesias y tal vez en las exigencias de autodeterminación del soberanismo. Un acuerdo multipartito para improvisar una mayoría alternativa con graves consecuencias sobre la estabilidad económica y, sobre todo, territorial del país, toda vez que los independentistas reclaman un referéndum en Cataluña como condición negociadora inexcusable.

Con el bipartidismo desplomado en un tercio bajo la presión del desencanto social, el apretadísimo resultado aventura una situación de extrema delicadeza. El veredicto de las urnas puede considerarse borroso o ambiguo, pero muchos españoles se acostaron anoche con la inquietud de nuevas elecciones o de que el escrutinio sea sometido a la especulación del mercado negro.