Ignacio Camacho

ABC
En cualquier país donde el Gobierno hubiese subido de manera flagrante los impuestos, contradiciendo su propio programa electoral, la oposición abordaría las siguientes elecciones con la promesa de bajarlos. En España sin embargo la izquierda proclama sin ambages su intención de cobrar más –disfrazada con el mantra de «a los ricos», que simplemente no están en el IRPF–, elevar los tramos autonómicos y recuperar el gravamen de Sucesiones allá donde el PP lo tenga suprimido o bonificado. Y el ciudadano de clase media al que le importa su factura fiscal se enfrenta a las urnas con una perplejidad notable: el único partido que le propone rebajas es el que ya le ha aplicado un aumento.
Todos los años, por estas antipáticas calendas de cosecha tributaria, el colega Javier Caraballo propone un pedagógico ejercicio de simulación que consiste en redactar la declaración de Hacienda pensando en cualquiera de los muchos parásitos que van a beneficiarse de ella. Lo llama «apadrinar un inútil», como una siniestra parodia solidaria. El asesor del gabinete de un concejal de medio pelo, el contratista de una obra pública innecesaria y mal ejecutada, el receptor de un ERE trucado, el sindicalista emisor de una factura falsa. En el inmenso aparato del Estado subsidial hay un inútil para cada bolsillo, desde el Defensor del Pueblo de una autonomía al enchufado con un contrato clientelar, desde el agraciado con una subvención discrecional al técnico de una empresa pública que clona o duplica sin necesidad el puesto de un funcionario. Si el contribuyente tiene cierto éxito profesional, su carga impositiva tal vez le alcance para financiar el salario bruto de un senador o de un viceconsejero. Se trata de imaginar un sujeto exacto, físico, del derroche sufragado con nuestro sacrificio; elegir un gorrón del presupuesto, ponerle cara al aprovechado destinatario de un esfuerzo fiscal sobredimensionado.
La idea de este padrinazgo forzoso resulta muy útil en días como estos en que el período recaudatorio coincide con una campaña electoral. La extendida tendencia española a votar por simpatía ideológica nos lleva a menudo a olvidar el uso que nuestros representantes dan a nuestro voto y, sobre todo, a nuestro dinero. En la página web de cierto thinktank liberal (ay, los liberales, qué canallas) se pueden calcular incluso los días que cada contribuyente dedica a trabajar para esta Administración hipertrofiada. El contraste de ese dato preciso de las balanzas tributarias individuales con el retrato mental de cualquiera de sus miles de patrocinados no constituye sólo una terapia de desahogo: puede ser un eficaz método de decisión del voto. Y si le sale una conclusión nihilista, destroyer, un irrefrenable impulso de quedarse en casa el día de elecciones, nadie debe sentir mala conciencia por ello. Ya cumple de sobra con su deber cívico. Pagando los impuestos.
Ignacio Camacho
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