Ignacio Martínez

DIARIO DE SEVILLA
Ni parchís ni solitario. Ni cuatro a todo color, ni uno que imponga su ley a los demás. El juego que se practicará en el nuevo Parlamento andaluz será el póquer. Muchos jugadores y no pocos faroles mientras se sucedan las convocatorias electorales de este año. Los viejos partidos resisten a duras penas; pero el bipartidismo se resiste a morir. Mientras, Ciudadanos y sobre todo Podemos cosechan un resultado espectacular en Andalucía, con la cuarta parte de los votos para la décima legislatura. Y los más pequeños sufren o desaparecen. El escenario que sale de las elecciones de ayer se asemeja al del 94, en el que el PSOE tenía 45 diputados, el PP 41 e IU 20. Ahora los socialistas están más fuertes, el PP mucho más débil, y Podemos suma con IU los mismos 20 escaños que ocupaban los comunistas hace dos décadas. El cambio más sustancial está ahí: los poscomunistas de Podemos le han quitado el sitio al PCE, que había sobrevivido airoso dentro de la matrioska de Izquierda Unida desde que inventó en 1984 Convocatoria por Andalucía, adelantándose en cinco años a la caída del Muro de Berlín. Las elecciones de ayer liquidan el liderazgo del Partido Comunista a la izquierda de la socialdemocracia. Ahora el PCE y su IU tendrán que meterse en la nueva casa común de la izquierda y sin mandar. Los resultados también son la crónica de una muerte anunciada para UPyD y el PA, que se marchan de vacío de la consulta. Los andalucistas, pasados de moda, van camino de la desaparición. UPyD le habría sumado con sus votos varios escaños a Ciudadanos. Negándose, ha provocado el desdén del público. Rosa Díaz debe tomar nota de que la ciudadanía quiere rostros nuevos en los nuevos partidos. No acepta que quienes han sido cabeza de cartel de la vieja política prediquen su regeneración. Y este es un dilema que debe tener en cuenta la vencedora de ayer. Susana Díaz, cosecha un triunfo personal. Iguala el resultado de la dulce derrota de Griñán hace tres años y supera en dos escaños el disgusto que se llevó Chaves en el 94, en el estreno de la pinza. La presidenta tiene que decidir si quiere ser la última dirigente de una era que va a desaparecer o la primera de la nueva. La campaña no le ha ayudado para situarse en el segundo escenario. Ha echado toda la carne en el asador para intentar acercarse a los 50 diputados. Y no ha quedado lejos de esa aspiración. Su éxito es tan personal como su estrategia en las últimas semanas, sin siglas de partido ni nadie que le hiciese sombra. El viraje que ha dado a su imagen pública, para parar por un lado al PP y por el otro a Podemos le resta enteros a su proyección nacional. Su campaña ha estado lejos de la traza de estadista que había seducido a la prensa madrileña hace un año: ha sido populista, cuasi nacionalista y hasta faltona. Hay que admitir, sin embargo, que la maniobra ha funcionado: el mensaje de que toda crítica a su gestión o a los gobiernos de su partido era una crítica a Andalucía, ha convencido a sus seguidores. Y probablemente a votantes del PP en 2012 que tuviesen miedo a Podemos. Con ellos y con el resto de Andalucía tiene ahora un contrato por cuatro años. Tendrá tiempo de demostrar sus habilidades para gobernar en solitario con pactos y acreditarse para mayores responsabilidades. Pero ahora no es el momento de irse. Sobre la táctica conservadora de su airosa campaña cabe añadir que mientras en las empresas es el riesgo el que lleva al éxito, en política es el revés. Moreno Bonilla no puede estar contento. Ni sus padrinos. El PP ha hecho demasiado hincapié en la corrupción de los socialistas en la Junta. Resultaba un sarcasmo oír al dirigente del partido de Gürtel, los pagos en negro, los maletines y los millones en Suiza de su tesorero hablar de la pesadilla de la corrupción de sus adversarios. La falta de liderazgo desde la marcha de Arenas, primero con Zoido y después con Moreno ha pasado factura al Partido Popular, que pierde 17 escaños y queda arrinconado en la derecha. Y eso ocurre al mismo tiempo que el PSOE aparece en el centro de los cinco grupos del nuevo Parlamento. Recupera así la Cámara el mismo número de grupos que tuvo en la primera legislatura de 1982. Las regiones más desarrolladas de España tienen parlamentos muy plurales. Las más pobres, como Extremadura o Castilla-La Mancha, han tenido sólo dos grupos durante mucho tiempo. Así que convengamos que la mayor pluralidad de esta legislatura andaluza es síntoma de modernidad y desarrollo. Tan modernas han sido las elecciones que uno de cada cuatro votos ha ido a dos formaciones nuevas. Una que, aunque abarca mucho más, se solapa con IU y tiende a engullirla. Y otra que se sitúa entre el PP y el PSOE como fuerza puramente centrista con gran capacidad de crecimiento. Podemos y Ciudadanos han sido los grandes ausentes de los debates televisados y de los generosos espacios en los medios públicos durante la campaña y serán los grandes animadores del próximo Parlamento. Las ganas de cambio eran tan grandes que con candidatos desconocidos y programas tan llenos de buenas intenciones como escasos de detalle, han conseguido un resultado descomunal. La presidenta dice que viene la mejor época de Andalucía. Mucho debe mejorar la Administración regional. Lo más urgente es la lucha contra el paro. Y para eso hay que multiplicar el número de empresas. Una comunidad autónoma con sólo 20.000 empresas con más de diez trabajadores no puede crear mucho empleo. La formación y la industrialización son esenciales. Andalucía produce el 25% de la producción final agraria española, pero representa sólo el 12% de su agroindustria. Cataluña es al revés: con el 12% de la PFA supone el 25% de la industria alimentaria española. Se podrían haber gastado mejor los 83.000 millones de euros de fondos europeos que han venido a Andalucía desde 1986. Una auditoría sobre su eficacia sería muy conveniente. De todas estas cosas, de las que se habló bien poco en la campaña tendrán que tratar los nuevos jugadores del tablero político andaluz. En un escenario en el que el PSOE de Andalucía, la máquina de poder más inoxidable que hay en España, seguirá al mando.
Ignacio Martínez
DIARIO DE SEVILLA
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