Ignacio Camacho

ABC
Las últimas encuestas de la campaña andaluza entregaron ayer al líder de Ciudadanos un regalo envenenado: la posibilidad de sumar mayoría con el PSOE. El tipo de acuerdo que le encantaría a Susana Díaz, que hace feliz a Pedro Sánchez –ese es su sueño poselectoral de noviembre– y que dejaría tranquilos al empresariado y la burguesía, acomodados con la hegemonía socialista y temerosos de una alianza más o menos explícita con Podemos. Un resultado fabuloso para el otro partido de moda, elevado de golpe a un papel cenital, estabilizador, determinante. Pero Rivera –en Andalucía el candidato de C’s se llama Juan Marín y se pronuncia Albert Rivera– es listo y sabe que ese presumible éxito, de confirmarse en las urnas, tiene contrapartidas peligrosas para su estrategia de futuro. Porque el mensaje de Ciudadanos es de cambio, de regeneración, y apoyar al PSOE andaluz, apuntalar su longeva dominancia, implica un precio de imagen que puede lastrar sus brillantes expectativas en un año electoral que sólo empieza el 22 de marzo. Gran parte de los votos que reciba la nueva formación procederán de electores desencantados del PP y no todos verían con buenos ojos a Rivera como costalero de una Susana bajo palio. El marianismo, sumamente inquieto por esa brecha que se abre en su flanco más débil, prepara su artillería y ya este fin de semana el propio Rajoy ha disparado contra C’s munición de combate. Al Gobierno le convendría esa alianza; carece de opciones en la carrera andaluza y se puede encontrar con el argumentario hecho para la convocatoria municipal y autonómica de mayo.
Si los sondeos aciertan, el joven Rivera estará ante su primera y tal vez prematura prueba de contraste. Tendrá que ponderar bien su decisión, interpretar con mucha fineza el sentido de su peso específico en el nuevo mapa parlamentario. Como político sensato no puede renunciar a dar estabilidad a un Gobierno y a evitar que Díaz acabe en brazos de los extremistas de Podemos. Como líder de una fuerza regeneracionista ha de imponer al PSOE severas condiciones éticas que hagan visible una voluntad de cambio. Pero si algo ha demostrado el socialismo andaluz, primero con los andalucistas y después con IU, es su capacidad para absorber sin alterarse las exigencias de sus aliados. Nadie en España le aventaja en habilidad para manejarse en el poder. Por eso lo conserva desde hace más de treinta años. Tal vez en su fondo íntimo Rivera suspire con quedarse justo al borde, un escaño o dos menos, de un envite de responsabilidad weberiana que le puede llegar demasiado pronto. Pero las oleadas sociológicas avanzan a su propio ritmo y Ciudadanos ya no puede controlar la que le lleva en volandas hacia un protagonismo de oportunidad inesperado. Todo depende acaso de un puñado de restos de votos. En torno a ellos gira una bisagra en la que será difícil no pillarse los dedos.
Ignacio Camacho
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