Juan R. Cuadrado Roura
EXPANSIÓN

Se olvida con demasiada frecuencia que el crecimiento de cualquier economía debe asentarse necesariamente en una clara y continuada mejora de la productividad. Cualquier manual de Análisis Económico enfatiza siempre esta idea, como puede comprobarse en los textos de Samuelson, Mankiw, Dornbusch y Fisher, Blanchard o Krugman. Este último señaló ya en un artículo publicado en 1990 que “la capacidad de un país para mejorar su nivel de vida en el transcurso del tiempo depende casi enteramente de su capacidad para elevar la producción por trabajador”.

En las últimas semanas los medios de comunicación nos han ofrecido frecuentes noticias sobre las buenas expectativas de crecimiento de la economía española en 2015 y 2016. A finales del pasado ejercicio las previsiones sobre la evolución del PIB se situaban todavía por debajo del 2% de aumento. Más tarde se corrigió al 2,4% y al 2,5%. Y ya se está barajando –quizás con excesivo optimismo– un crecimiento muy próximo al 3%. Lo afirma el Gobierno, pero también lo apoyan algunos informes nacionales e internacionales, como el último publicado por el FMI, si bien este organismo sitúa todavía sus previsiones en el 2,5% de incremento del PIB en 2015 y en un 2% en 2016.

Son buenas noticias sin duda. Pero, si el crecimiento de cualquier economía sólo es sostenible si se apoya en aumentos de la productividad, ¿qué pasó y que está pasando con la productividad en la economía española?

La negativa experiencia de la fase expansiva de nuestra economía hasta 2007

Lo que sucedió en la fase fuertemente expansiva que vivió la economía española entre 1995 y 2007 puso de relieve una de las peores contradicciones entre la evolución del PIB y la de la productividad laboral. De hecho, esta contradicción estuvo en la raíz del hundimiento de nuestra economía al iniciarse la crisis, con el apoyo de otros factores bien conocidos y en los que no vamos a entrar aquí.

Estos fueron los hechos. Durante dicho período, el PIB español creció a una tasa media del 2,6-2,7%. En varios ejercicios lo hizo incluso en porcentajes superiores al 3% en valores constantes. Además, dicho crecimiento estuvo acompañado por una elevada creación de empleo, en un clima de euforia y de gasto, tanto público como privado, con elevadas y crecientes cifras de endeudamiento. Pero, simultáneamente –algo oculto entre los macrodatos– existía un punto realmente débil y preocupante: a lo largo de esa fase expansiva la productividad por trabajador creció, como promedio, muy poco por encima del 0,5% (una tasa muy por debajo de la media de la UE-15) y “Productividad Total de los Factores ( PTF) –que refleja, sintéticamente, los efectos de los cambios organizativos, la eficiencia del capital y la incorporación de avances tecnológicos– registraba tasas nulas e incluso negativas en varios ejercicios.

En otras palabras, la economía fue capaz de generar valor añadido y de crear mucho empleo, pero lo hizo con una productividad muy baja. ¿Razones? Bastantes, porque el tema es complejo, pero una de las principales causas fueron los sectores en los que se apoyó la expansión de la economía, es decir, la construcción y una buena parte de los servicios privados y públicos (vinculados estos a las Administraciones Públicas), cuya productividad era y es muy baja. Además, el tipo de inversión realizada (con predominio de la residencial) y el limitado esfuerzo en los cambios organizativos y tecnológicos por parte de muchas empresas contribuyeron al reducido aumento de la productividad por trabajador y al estancamiento de la PTF.

El ‘giro’ que aportó la crisis: ¿Hemos aprendido alguna lección?

Los efectos de la profunda crisis económico-financiera, junto con las políticas de ajuste aplicadas, determinaron –como es sabido– una rápida y fuerte reducción del empleo. Este hecho constituye la principal explicación de que la productividad laboral experimentase un giro “positivo” (¿?), con incrementos anuales de alrededor del 2% entre 2010 y 2013. En realidad, se trata casi pura aritmética puesto que, si bien otros factores –como una mejor utilización de sus recursos y cambios organizativos por parte de (algunas) empresas– jugaron también su papel en dicho aumento de la productividad, la caída del empleo fue muy superior a la de la producción. Sin embargo, en 2014 la tasa de incremento de la productividad ha retrocedido (alrededor de un 1%), como ya lo hizo en 2013, justo cuando nuestra economía ha empezado a crear empleo (precario y no precario), predominantemente en sectores de baja productividad.

Si algo cabe aprender de estos cambios en la productividad es que, si se desea que el crecimiento sea sostenible a medio-largo plazo, la productividad no puede depender de la destrucción o de la creación de empleo. Mantener tasas de aumento anual de la productividad laboral del 2% resulta imprescindible. Lograrlo requiere muchos cambios que no son sólo responsabilidad del gobierno, sino que exige también que las empresas realicen cambios internos, nuevas inversiones y mejoras tecnológicas. Sin embargo, no cabe duda de que la política económica del Gobierno (el actual y los siguientes) puede y debe contribuir a estimular e impulsar la productividad a medio plazo y que lo que deberíamos haber aprendido a partir de lo ocurrido antes y durante la crisis es que los recortes en educación y en I+D no van en la dirección adecuada, como tampoco lo hacen la política de desarrollos tecnológicos, los limitados apoyos a la innovación, la imprescindible reforma y reducción de las Administraciones, los solapes de competencias entre CCAA y Estado, y la negativa ‘reglamentitis’ que nos sigue acompañando. En definitiva, lo que se requiere es un programa serio y exigente de política económica, que tenga continuidad, y que coloque la mejora sostenida de la productividad como uno de sus objetivos realmente fundamentales.

Juan R. Cuadrado Roura
EXPANSIÓN