Ignacio Camacho
ABC

En los años ochenta una contundente estadística del paro regional europeo proclamaba a Andalucía, el Alentejo y el Peloponeso como la tripleta de la vergüenza en el ranking del subdesarrollo. Por aquel entonces España, Portugal y Grecia eran las últimas naciones ingresadas en la UE. Casi treinta años y muchos miles de millones invertidos o despilfarrados después, y con países como Polonia, Malta, Chipre o Rumania dentro, la región andaluza ha vuelto a liderar este inventario siniestro de Eurostat con un tercio de la población activa desempleada, a casi seis puntos de media de los más castigados territorios griegos.

Ya no produce asombro esta ignominia, ni mucho menos nada parecido a la indignación o la rebeldía. Tres décadas de monocultivo de poder han mostrado el conformismo de los ciudadanos con una autonomía que, nacida y peleada para luchar contra la postración, se ha limitado a administrarla. Incapaz de crear empleo y de dinamizar una economía colapsada, siempre en la cola de los grandes indicadores de bienestar, las instituciones andaluzas han cifrado su objetivo y su estrategia en distribuir recursos con los que cimentar en el miedo al desamparo una hegemonía política. Los ciudadanos más desfavorecidos están presos de una Administración que al mismo tiempo que los sostiene con redes subsidiales bloquea sus posibilidades de crecimiento y de mejora. Nada simboliza mejor que el fraude de los ERE este miniestado clientelar que repartía a discreción prejubilaciones –es decir, fomentaba la destrucción del tejido laboral– para garantizarse ventajas electorales. Lucrativo negocio político a cambio de fracaso social.

En este pasar acolchado, pastoreado por la tutela del partido-guía, los andaluces mecen una resignación moral indiferente a su propio descalabro colectivo. La conciencia crítica ha quedado adormecida en una vaga disconformidad que la eficaz propaganda socialista transforma en arma arrojadiza contra el Gobierno central, responsabilizado de todas las estrecheces al socaire del sentimiento de agravio. El presupuesto público y la dependencia del aparato de poder hacen que la trama de cohesión funcione; la sociedad se ha acostumbrado a ver en la propia estructura administrativa su mejor, más próspera y casi única industria.

Aquella «Andalucía imparable» del eslogan de Chaves se ha lanzado en efecto a toda velocidad cuesta abajo. Su liderazgo negativo frente a las medias nacionales es patente y ahora se proyecta de nuevo en la Champions League. Gracias al grado de protección social de España un parado andaluz vive mejor que uno portugués y mucho mejor que uno griego. Así que al demonio las estadísticas: medida en sensaciones subjetivas, la economía puede ser un estado de ánimo. Los dirigentes autonómicos han recibido el informe Eurostat bailando sevillanas en la Feria. Mírala cara a cara, que es la primera. En desempleo.

Ignacio Camacho
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