Ignacio Camacho
ABC

Nadie debe engañarse: el nacionalismo catalán va a seguir con su matraca. Esté o no al frente el imputado Artur Mas –atención a la ley de Murphy: siempre puede llegar alguien que lo haga añorar–, la cuestión catalana continuará atravesada, como un camión averiado en la carretera, en mitad de la vida pública española. Los soberanistas han ido tan lejos que no pueden frenar su huida hacia adelante sin riesgo de aventar su ya escasa cohesión política. La insuficiente victoria del domingo, en realidad una derrota en los términos plebiscitarios planteados por ellos mismos, les obliga a replantear fórmulas tácticas y tal vez calendarios, pero no les disuadirá del empeño porque no tienen con qué sustituirlo: están en peores condiciones para dedicarse a gobernar y además ya han demostrado que no saben.

En los últimos tres años la masa crítica del separatismo está estancada en torno a los dos millones de votos. Ésa es su facturación electoral en urnas de verdad o de cartón, y eso significa un empate con tendencia a la baja frente a los partidarios de seguir en España. Si con la tensión al máximo voltaje la secesión no incrementa sus apoyos, abandonar o reconducir el proyecto supondría abotargar su músculo social y renunciar a la hegemonía implantada desde el control de las instituciones. El bloque soberanista hará lo que sea necesario para mantener viva su fantasmagoría; desde agarrarse al martirologio victimista por la imputación de un Mas al que algunos quieren tirar a la basura hasta una posible declaración parlamentaria de ruptura en noviembre, cuando las Cortes Generales estén disueltas y el Estado tenga más o menos atadas las manos. La independencia sería una ruina pero el independentismo es un negocio. Un gran negocio político, el del clientelismo del poder, y otro económico, el de las subvenciones, los privilegios y el tráfico de influencias. Hoy por hoy acaso se trate de la principal industria catalana.

Esa industria necesita combustible para su maquinaria. Por eso no puede amainar su cansina demanda diferencialista, su reclamación de perpetuos acreedores, su cargante cantilena identitaria. Ningún nacionalismo se ha autodisuelto por alcanzar sus objetivos; viven de la exigencia, de la explotación de sus presuntas singularidades, del requerimiento de nuevas y más altas franquicias. Si todos los que dependen de ese gigantesco tinglado –nutrido con los avales y las transferencias del Estado opresor– aflojasen su obstinación o admitiesen siquiera en parte su fracaso, tendrían que reconstruir sus vidas iluminadas por la mitología y acomodarse en una existencia rutinaria fuera del amparo ventajista de su régimen. Instalados a contracorriente de un mundo interconectado por la globalidad, ya no pueden salir de la cultura de la queja sin abandonar el único modo que conocen de sobrevivir a su irrelevancia histórica.