Editorial
DIARIO DE SEVILLA

Las propuestas del Libro blanco de la función docente, encargado por el Gobierno central al filósofo José Antonio Marina, no han gustado en demasía a la comunidad educativa andaluza. En especial, la práctica totalidad de los profesores que ha consultado este periódico se oponen a que se desarrolle una política de incentivos económicos para premiar a aquellos docentes que se esfuercen en buscar la excelencia en su labor diaria. Esta resistencia no es nueva. En España, en general, apenas existe una tradición de la evaluación de los profesionales, inercia que se observa muy especialmente en la clase funcionarial, que suele gozar de un blindaje del que carecen los que trabajan en la empresa privada.

Sin embargo, cada vez parece más evidente que es muy difícil crear y ejecutar programas de calidad si éstos no van acompañados de encuestas de evaluación y si no se incentiva a los que más se esfuerzan en lograr los objetivos marcados. No se trata de crear una competición absurda ni de fomentar la desconfianza entre compañeros. Se trata, simplemente, de premiar a los que se esfuerzan más en formar a las nuevas generaciones y, por tanto, hacen más rentables las inversiones de dinero público en la enseñanza. La experiencia nos indica que, en los primeros escalones de la educación reglada, el compromiso y la preparación de nuestros maestros y profesores es alto, por lo que el colectivo no tiene por qué temer una práctica que fomentará las buenas prácticas educativas.

Guste o no, es absurdo que una persona que se esfuerza todos los días en construir una enseñanza pública de calidad, cobre lo mismo que alguien que apenas cumple con sus obligaciones y que cree que una plaza de funcionario es una especie de derecho divino e intocable. Eso sí, como bien solicitan algunos sindicatos, estos incentivos deben estar dentro de un plan de carrera previamente fijado y consensuado que permita al docente conocer los objetivos y avanzar hacia ellos.

Históricamente, la labor docente en España ha estado menospreciada, y el dicho de «tiene más hambre que un maestro de escuela» es un motivo para avergonzarnos colectivamente. Como pasa en otros lugares, el cuerpo docente debería ser de los mejor valorados social y económicamente. Para lograrlo es importante que la sociedad tenga herramientas con las que comprobar el grado de implicación de sus enseñantes. No nos cabe duda de que tanto la evaluación como los incentivos favorecerán a los buenos profesores.