Gumersindo Ruiz
DIARIO DE SEVILLA

Sentimos la urgencia de acoger a los refugiados de Siria e Iraq porque es una cuestión de vida o muerte, pero eso no impide que pensemos en el día de mañana. Es más, tenemos obligación de pensar en el futuro porque, una vez a salvo, la mayoría no querrán vivir en la precariedad de las ayudas y esperarán tener oportunidades de prosperar. Estos días he seguido con interés una noticia sobre refugiados sirios en un país latinoamericano, del que querían salir, porque no veían allí ningún futuro; de la misma manera, las ganas por llegar a un país rico va más allá de la mera supervivencia y el riesgo físico, pues como decía un exiliado: “Para qué quiero huir de un país miserable y vivir el resto de mis días en otro pobre”.

En España, con más de un 22% de paro, y en Andalucía con un 30%, claro que es importante plantearse la cuestión económica y no olvidar que por ahora vivimos de prestado, con una deuda de un millón de millones de euros, que sigue aumentando mientras haya déficit público, y se soporta sólo por el apoyo ilimitado del Banco Central Europeo (BCE). Sin embargo, las tendencias de la población en la Unión Europea muestran una reducción de la fuerza laboral que se estabilizaría entre 2013 y 2023, y caería luego hasta 2060, en unos 19 millones de personas, con grandes diferencias internas. Este fenómeno demográfico tiene tres implicaciones: una fiscal, con aumento del gasto en salud y cuidado de mayores, y reducción de gasto en educación, en pensiones (por menores cotizaciones y derechos), y en desempleo; otra, de capacidad para generar empleo en una Unión Europea donde, pese a la débil demografía, el paro es del 11%, con diferencias entre el 6% de Alemania, el 10% de Francia y el 12,5% de Italia. Y otra es la inmigración, una oferta ilimitada de mano de obra de países secularmente sin capacidad de organización institucional, con causas y culpas lejanas y cercanas, conflictos religiosos y tribales, y rencores cultivados, donde la intolerancia y la guerra es una forma de vida para algunos, que llenará y hará rebosar los huecos laborales que internamente no se cubran en la Unión Europea.

Es un panorama que requiere un plan muy complejo, y donde se presentan intereses diversos; por ejemplo, el director de la Daimler-AG, Dieter Zetsche, declaraba esta semana que los refugiados jóvenes y con formación eran “el tipo de personas que estamos buscando”. Puede parecer que esta visión de poner siempre al lado la economía resulte incómoda; pero la solidaridad no es sólo de quién la proclama, y aunque compartirla es importante, mucha otra gente la lleva dentro y a la práctica. Siempre he admirado a los activistas que consiguen mejorar las condiciones de vida del prójimo, y a los profesionales que se encargan de hacerlo, personal médico, profesores, y otros funcionarios eficaces. Pero me dejan, en general, indiferentes los que hacen declaraciones (incluido yo mismo, a veces, con lo que escribo) y se manifiestan frente a las cámaras y los medios de comunicación. Son gestos para llamar la atención sobre organizaciones y líderes que, en el mejor de los casos, sólo pretenden hacer que otros hagan.