EDUARDO JORDÁ

El viernes pasado, el poeta Rafael de Cózar  murió en su casa de Bormujos, a las afueras de Sevilla, cuando intentaba salvar de un incendio los libros que guardaba en su inmensa biblioteca. Entre todas las muertes hermosas que podamos imaginar, esas muertes que Petrarca creía que bastaban para honrar toda una vida -«che un bel morir tutta la vita onora»-, será muy difícil encontrar una muerte más bella que la del poeta que murió intentando salvar los libros de su biblioteca.

Hace años, en los peores tiempos de la guerra de los Balcanes, cuando una bomba incendió la Biblioteca Nacional de Sarajevo, una bibliotecaria murió al intentar salvar los libros que ardían dentro del edificio. No sabemos el nombre de esa mujer -un nombre que debería figurar en los libros de texto junto con los de otros grandes europeos como Stefan Zweig o Joseph Roth-, pero ahora sabemos que Rafael de Cózar se ganó el derecho a aparecer a su lado. ¿Quién haría una cosa así en estos tiempos en que todos corremos a salvar el culo cuando imaginamos el más leve peligro? ¿Quién podría demostrar un mayor amor hacia los libros y la cultura y todo lo que representan, que no es otra cosa que ese frágil edificio que llamamos civilización? Cuando te encontrabas con Rafael de Cózar -a quien nadie llamaba así, porque todo el mundo lo conocía por Fito-, no pasaban ni dos segundos sin que te echases a reír a carcajadas. Fito te contaba una historia desternillante sobre el taxista que lo había traído al centro de la ciudad, luego recitaba el poema en honor al vino que acababa de componer mientras viajaba en ese mismo taxi, luego hacía un repaso vertiginoso de los últimos libros que acababa de leer, y después se adentraba en una descacharrante disertación sobre la tipología de los cuentos populares.

Fito sabía de tantas cosas que incluso se decía que era una autoridad en cuanto a hipotecas, un tema del que uno más bien preferiría ignorarlo todo, pero que a Fito le interesaba casi tanto como la tipología del cuento o los poemas al vino. En las novelas de Alatriste, Rafael de Cózar era un actor de comedias casado con la actriz que era amante del protagonista. Quizá ya sea hora de  que Fito se reencarne en otro personaje de mayor alcurnia: el del guardián de los libros, el de salvador de los libros, el del héroe que en estos tiempos de cobardía y estupidez fue capaz de sacrificar su vida por el simple, por el inexplicable, por el irreprimible amor a los libros que ya nadie quiere leer. Bendito sea.

EDUARDO JORDÁ
GRANADA HOY