EDUARDO JORDÁ

Muchos de los privilegios que los políticos se asignaron en los años de la Transición  -como el de los viajes gratuitos para diputados y senadores- se deben a un hecho que ahora hemos olvidado con gran facilidad, y es que la política era en aquellos tiempos una actividad muy prestigiosa que estaba rodeada por un aura de entrega y de integridad personal, justo lo contrario que ahora.

Para que nos hagamos una idea, el prestigio que tenían los políticos de la Transición  -incluso los que procedían del franquismo, como Adolfo Suárez o Martín Villa- era equiparable al que ahora tienen los jóvenes de Podemos. Es decir, que si los políticos de aquellos años se otorgaron unos privilegios que hoy en día nos parecen vergonzosos, fue porque ellos mismos se habían ganado el derecho a disfrutarlos. Un político era alguien que hacía un trabajo difícil y sacrificado por el que debía ser bien retribuido y bien tratado. Eso era lo que se pensaba entonces. Y estoy seguro de que si esos privilegios se hubieran sometido a un referéndum, habría ganado por mayoría que los políticos los tuvieran. Ser político, en 1976 ó 1977, era una de las pocas cosas que tenían cierto glamour en aquella España de los pantalones acampanados, los cantautores lloricas y las coreografías de Gisa Geert.

Y otra cosa muy importante que explica el descrédito actual del régimen surgido en la Transición: si se blindó a los políticos profesionales frente a jueces y funcionarios de carrera -por medio del aforamiento y de otros muchos privilegios que desactivaban todos los controles externos-, eso se debió a que se quería garantizar que los políticos pudieran hacer su trabajo sin las ingerencias de los jueces franquistas (que todavía existían) o de unos funcionarios que no tenían -se creía entonces- una gran lealtad hacia el nuevo régimen democrático.

Es decir, que el blindaje actual de la clase política no se hizo por capricho ni por abuso de poder ni por una perversidad intrínseca del régimen de la Transición -tal como creen algunos jóvenes ingenuos que no habían nacido cuando todo eso ocurrió-, sino para garantizar que se pudieran llevar a cabo sin problemas unas reformas que tenían muchos enemigos a los que había que neutralizar. Que todo aquello haya derivado en la situación actual de impunidad y de abuso no es motivo suficiente para exigir el desmantelamiento del sistema que surgió en la Transición. Lo que hay que hacer es reformarlo. Y a fondo. Y con eso basta.

EDUARDO JORDÁ
GRANADA HOY