Gumersindo Ruiz

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En las conversaciones sobre pactos políticos en Andalucía se ha dejado a un lado las acciones para el crecimiento y el empleo, ocupando la estrategia puramente política todo el espacio. Entiendo que es humano que los partidos estén pensando en cómo les beneficia o perjudica electoralmente sus movimientos ante el nuevo escenario andaluz. Y también es comprensible que cada uno deje claro que su principal preocupación es el buen gobierno, pues la nueva composición del Parlamento se explica por la voluntad de la gente de que los asuntos públicos se gestionen con mayor rigor, y que se favorezca un clima ético y estético que vaya creando una conciencia de honestidad, una manera de ser. Sin embargo, los pactos no deberían ignorar tan ostensiblemente la economía real, las grandes y pequeñas decisiones que en los próximos años marcarán o no una diferencia en cuanto a crecimiento, empleo y distribución, y que van desde cómo se vincula la economía del conocimiento a la producción, a la fiscalidad en el ámbito autonómico, las reformas administrativas como forma de apoyo a la empresa, o el papel del sector público en la economía productiva y los servicios públicos. Nada de esto aparece en las conversaciones, y al menos podía estar presente en sus líneas maestras, mostrando lo que cada partido piensa, y si tiene un programa detallado y coherente. Se ha repetido, sobre todo en los medios económicos y empresariales, que la economía necesita ahora estabilidad política; pero es precisamente el sentido de que la economía está enferma y que las soluciones hasta ahora no son eficaces ni justas, lo que da lugar a la nueva división política. Andalucía y España no son una excepción; no olvidemos que en Alemania, pese a su éxito económico, gobiernan en coalición el centro derecha y los socialistas; que en Gran Bretaña están contestados los partidos tradicionales, conservador y laborista; y que en Estados Unidos, donde se ha reducido el paro a la mitad y la economía crece por encima del 3%, la derrota en las elecciones últimas del partido Demócrata, con la presidencia en su poder, ha sido tan llamativa como incomprensible. En estos tres países el paro está en una tasa envidiable entre el 6,5% y el 5,7%, frente al 11,2% de la media del área del Euro, pero a pesar de estos logros, el poder político provoca una desilusión evidente. El crecimiento no lo es todo, y el tipo de trabajo que se crea importa, así como la forma en que se distribuye la nueva renta y la nueva riqueza. Y también importan los efectos del conocimiento y la tecnología sobre lo anterior. Quien confíe en que un par de puntos de crecimiento del producto, de reducción del desempleo o de expansión electoralista del consumo van a cambiar el sentido de los votos, está equivocado. Pero también se confunde quien calcula únicamente en términos políticos, de seguir la corriente de indignación, de ofrecer sólo medidas paliativas para los desamparados, sin demostrar que es capaz de dar vida a un futuro convincente y optimista para la mayoría. Estas reflexiones deberían planteárselas quienes negocian con el futuro político inmediato en Andalucía.
Gumersindo Ruiz
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