Gumersindo Ruiz

DIARIO DE SEVILLA
Una pluralidad de representantes políticos en los ayuntamientos es buena para el desarrollo democrático. Más allá de una pretendida eficacia económica asociada a los llamados gobiernos fuertes, la ausencia de mayorías absolutas permite hablar y actuar con opiniones diferenciadas, que es la condición de la política. Con mayoría absoluta, sólo la necesidad de revalidarla evita ocasionalmente el aislamiento. El desarrollo de la participación ciudadana sería un cambio decisivo frente a la forma pasiva en que se ejerce la democracia representativa. Las preferencias de los ciudadanos son algo complejo y no pueden identificarse simplemente con un voto cada cuatro años. La representación, legitimidad, identidad de los vecinos en cuanto a presencia en la vida de su municipio, plantea cuestiones como quién habla, quién decide, y qué poder se le da. Porque la inclusión ciudadana no puede hacerse sólo a través de intermediarios propuestos por estructuras de partidos, y mediante asociaciones vecinales, y otras que no tienen poder de decisión en asuntos de importancia como el urbanismo y la vivienda, o la forma de desarrollo económico del municipio y a quién beneficia. El político da; da un jardín, un edificio público, un acto festivo -con recursos que son de todos-, pero no comparte ni decisiones ni poder. El ciudadano no es un cliente al que un ayuntamiento proporciona unos servicios de agua o transporte; la relación entre ambos no se basa en una supuesta profesionalidad política y técnica. Un municipio es un territorio donde viven y se desarrollan las personas y la sociedad civil, donde se puede crear capital humano y social. Doreen Massey nos da una visión de lo local, uniendo la vida social que hay en él y el tiempo que pasa sobre el mismo; ése es el espacio donde se hacen las cosas, donde está la práctica. Sólo en el ámbito local sabemos cómo vive la gente, cómo se produce y cómo se distribuye, dónde está la justicia y la injusticia. Quizás ahora se empiece a hablar de incentivar nuevos espacios de participación, de asociaciones civiles, vecinales, que entren en temas importantes de creación de riqueza, bienestar y empleo. Y también de un proceso de aprendizaje para que las discusiones no sean una defensa cerrada por parte de los equipos de gobierno, y una crítica permanente de los contrarios. Se podría promover la deliberación y el alcance de acuerdos, buscar soluciones para resolver tensiones entre representación y participación, unir la autoridad de los expertos al sentido común de la gente, y fortalecer el poder de grupos ciudadanos, sobre todo de los excluidos, cuya representación no debe arrogarse nadie. Un proyecto de participación no es un código de buenas prácticas porque se trata del desarrollo personal y la espontaneidad de los vecinos, y esto no puede conseguirse por normas administrativas. La creación de una mejor forma de vida es algo que desborda la capacidad de los programas políticos. Se plantea un tiempo nuevo en un espacio fijo, un renacimiento en el proceso político, y hay muchas razones para el escepticismo, pero la alternativa no es otra que continuar con la alienación y la apatía.
Gumersindo Ruiz
DIARIO DE SEVILLA
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