JOSEBA ARREGI

La casualidad ha querido que la celebración de algo que sus impulsores llaman consulta o alternativa a la consulta, o macroencuesta coincida con la celebración del aniversario de la caída del muro de Berlín. En este caso sabemos que se trata de un hecho con el profundo significado de la libertad. En el caso de la consulta catalana no se sabe por ahora realmente de qué se trata. La caída del muro de Berlín supuso el comienzo de la autodeterminación de los alemanes. Sobre todo de los alemanes que habían estado sometidos a la dictadura comunista del régimen de Pankow. Los habitantes de Berlín oriental derribaron el muro que les impedía autodeterminarse para conseguir la libertad y la unión con los habitantes de Berlín occidental, y los alemanes del Este de la DDR harían lo mismo algún tiempo después: autodeterminarse a favor de la libertad y la unión con los alemanes occidentales.

La caída del muro de Berlín y la caída del régimen comunista de la DDR dio su verdadero sentido al término autodeterminación, tal y como lo entienden los documentos y resoluciones internacionales: el derecho a un buen gobierno, elegir en libertad la libertad, y vincular la libertad a la unión, con otros ciudadanos en libertad, con aquellos con los que la separación había supuesto una imposición, la unión como señal del buen gobierno, de la democracia, de la política, contra la represión, a favor de la libertad.

En la celebración de la caída del muro de Berlín la canciller Merkel ha hablado con toda naturalidad de la unión fruto de aquel acto de autodeterminación, pero refiriéndose a la UE. Ahora el contexto de la unión es Europa, la Europa unida, con todos sus problemas y dificultades, con todos sus egoísmos y particularismos. Pero como horizonte que obliga a todos los europeos, como horizonte que no se puede dejar de lado de un plumazo, como horizonte que critica precisamente todo lo que se le opone internamente, aunque sea mucho.

Porque para quienes conocen la historia, para quienes no quieren olvidar de dónde venimos, Europa es una realidad y una promesa, Europa y su unidad son frustración y esperanza al mismo tiempo, son horizonte de futuro tanto como realidad pesada presente. En un congreso del partido cristianodemócrata (CDU), siendo su presidente Helmut Kohl, asistió para trasladar el saludo del partido hermano, la CSU de Baviera, su entonces presidente y ministro de Hacienda en el Gobierno de Kohl, Theo Waigel, quien formuló la siguiente frase que quien esto escribe se la guardó en su mente. Dijo Waigel: «Mi identidad sentimental es Baviera, mi espacio de solidaridad es Alemania, y mi marco de libertad es Europa».

En pocas palabras, el presidente en aquellos tiempos de la CSU bávara puso de manifiesto que la identidad no tiene por qué ser de un bloque, puede tener distintos horizontes de referencia, que la identidad sentimental no tiene por qué condicionar el espacio de solidaridad, ni las dos juntas el horizonte de libertad. Una forma positiva de vivir una identidad compleja, con diferentes espacios y horizontes de referencia. Una identidad más capaz de libertad por ser capaz de más complejidad. Una identidad para tiempos complejos.

No está de más recordar estas cosas para que los mismos alemanes se sientan obligados a pensar en su propia historia, en cómo han llegado hasta este punto, y cómo, aunque tengan razón en su ortodoxia financiera y económico-social, siguen obligados con el horizonte de libertad, y cada vez más de solidaridad, que es Europa, la que hizo posible la unidad alemana, la que hizo posible el ejercicio del derecho de autodeterminación de los alemanes del Este como derecho a la libertad y a la unión. De la misma forma que lo han hecho posteriormente, tras la caída del imperio soviético -¡un imperio comunista!- los países obligados a soportar regímenes negadores de libertad y justicia, buscando la libertad y la unión en Europa.

En el otro 9-N, en Cataluña, lo que se está produciendo es todo lo contrario. Un proceso que no busca, dejando de lado falsas humillaciones y rencores sin validez objetiva, autodeterminarse en el sentido de querer un buen gobierno democrático y la unión, sino que buscan la separación, la ruptura, la segregación, la división, es decir la negación de la política, pues ésta si en algo consiste es en la unión de ciudadanos caracterizados por gozar de los mismos derechos, de las mismas obligaciones, de las mismas libertades.

Pero las razones para la secesión tienen poco que ver con la búsqueda de un buen gobierno: no tienen más razones los catalanes para creer que sólo en la separación y en la ruptura van a poder encontrar un buen gobierno que, digamos, los murcianos o los gallegos. No hay razones fun- dadas en los derechos fundamentales y en las libertades fundamentales para argumentar la separación de España. Las razones aducidas son distintas: se refieren a que no se atienden sus derechos de quedarse con una parte mayor del pastel de la riqueza que producen y que, supuestamente, va a parar indebidamente a financiar a ciudadanos que no son catalanes. Igualmente podrían argumentar los que pagan más que la media de los ciudadanos españoles en impuestos de la renta pretendiendo quedarse con un trozo mayor de la riqueza que producen. Absurdo en un país democrático.

En el fondo lo que está diciendo el 9-N catalán es que no quieren ser como los demás españoles. No quieren el café con leche para todos, pues quieren que el café de verdad sea sólo para ellos y que los demás se conformen con aguachirri. No quieren ser como Murcia porque ellos son nación, mientras que los otros son región. No quieren estar en el mismo espacio que aquellos a quienes miran de arriba abajo, porque ellos han sido europeos antes que Europa, ellos han sido modernos antes que la modernidad, ellos han sido cultos, ilustrados y elegantes mientras los demás eran ignorantes, retrasados culturalmente y bastante paletos.

La gran pregunta es cómo gente que siempre se ha declarado de izquierdas no se formule la pregunta que salta a la vista: ¿por qué son precisamente las dos regiones-nacionalidades-naciones españolas más ricas, más desarrolladas las que se quieren ir, las que plantean la secesión, las que buscan la división y la separación ? ¿Seguro que no tiene nada que ver lo uno con lo otro?

Afirman que no se les acepta en su diferencia. Veamos lo que esto puede significar. Nadie somos aceptados enteramente como quisiéramos que nos aceptaran. En eso consiste la lucha de la vida, la lucha por el reconocimiento, una lucha que se desarrolla entre las exigencias y los deseos de cada uno y la necesidad de interiorizar para nuestra identidad lo que nos aporta la mirada de los otros. Somos seres sociales y no solipsismos omnipotentes. A los catalanes se les reconoce su lengua diferenciada, el Estado y la Constitución les admite que son nacionalidad, que son pueblo, que poseen una lengua diferenciada que puede ser, y de hecho lo es, oficial en su territorio, les acepta su derecho civil, la posibilidad de contar con su propia policía. El Estado les acepta además que, aunque sea a contracorriente y en desobediencia de leyes y sentencias de los tribunales, oculten una de sus lenguas oficiales, el castellano o español, en su sistema escolar y en su comunicación intrainstitucional, bajo el argumento de que funciona, y sin analizar si otras fórmulas distintas a la inmersión podrían dar resultados parejos.

Y SI NO son las cuestiones fiscales y de dinero las más poderosas en la búsqueda de la separación, entonces nos encontramos con el argumento de la humillación: construyen los soberanistas una historia que recorre todas las ocasiones en los que han sido humillados por el Estado desde que se puso en marcha el proceso de redacción y aprobación de la reforma estatutaria en Cataluña. Pero se trata de una historia que, yendo algo más atrás que lo que hacen los ideólogos de la humillación, comenzando por el momento en el que Maragall, consciente de que no tenia posibilidades de cambiar la Constitución, pretendió hacerlo vía reforma estatutaria, es decir, por fraude de ley, se transforma de historia de humillación en la historia del engaño impuesto por los líderes políticos catalanes a sus ciudadanos prometiéndoles lo imposible.

En un 9-N los ciudadanos buscan autodeterminarse para ser gobernados mejor, en defensa de la libertad y de una unión que conduce a Europa. En el otro 9-N, los líderes políticos buscan la segregación, la autodeterminación como negación de la política, en la creencia de que independencia y buen gobierno significan lo mismo, cosa nada segura, y huyen de Europa porque Europa sólo les interesa para dar una bofetada a España, porque básicamente no saben, ni valoran , ni entienden lo que es la política como unión: no se llega a uniones más lejanas y amplias rompiendo las más cercanas.

Joseba Arregi fue consejero del Gobierno vasco y es ensayista y presidente de Aldaketa.

EL MUNDO