Santiago Álvarez de Mon
EXPANSIÓN

La exposición desde una infancia temprana a semejantes exigencias de excelencia, el deseo de compartir con otros la responsabilidad y transmisión en el tiempo, sin las cuales los clásicos quedan mudos, hizo de mi exactamente lo que quería mi padre: un profesor”. Intuición paterna, confianza filial, vocación cultivada, con profesores como George Steiner ir a la escuela no es un suplicio, aprender no es una maldición divina, el ambiente de clase no es tóxico, y provocar el potencial del alumno no es una quimera imposible. No hay futuro sin educación. Despertador intelectual, afectivo y moral, la única revolución en la que creo, la madre de todas las batallas. Un contrato de trabajo, un estimulante desarrollo profesional, una vida bien aprovechada, unas relaciones armoniosas, hasta el triunfo democrático en las urnas, como bien saben los más espabilados, dependen en gran manera de la experiencia formativa de las aulas. Frustrante y plomiza, acelera la marcha del joven hacia su empobrecimiento y dimisión personal. Ilusionante y exigente, permite aflorar un rico arsenal de conocimientos, habilidades y valores personales.

La calidad del sistema educativo de un país es la mejor garantía de su porvenir. Por eso celebro sinceramente el encargo del Ministerio de Educación al Profesor José Antonio Marina, de elaborar el Libro blanco de la profesión docente. Colega de indiscutido prestigio profesional, docente acreditado, investigador minucioso, escritor prolífico, aborda el gigantesco reto con seriedad y espíritu de servicio. No ha hecho más que anticipar algunas líneas maestras de sus propuestas, el trabajo de campo en las aulas como base natural de operaciones, no los pasillos del ministerio, y ya se le ha echado encima la jauría vociferante. Solo desde dentro, apelando a los mejores, divulgando prácticas novedosas, estableciendo complicidades entre padres, profesores, alumnos y gestores, será posible conquistar una fortaleza numantinamente defendida por los más reacios al cambio. En un artículo en El Mundo, El libro de los malentendidos, Marina salía al paso de las primeras críticas. Tres apartados me interesan. Primero, selección. Se impone un MIR docente que permita atraer e identificar a personas brillantes y comprometidas, único modo de levantar el deteriorado prestigio social de la profesión. En gran medida gestionar es elegir bien. Levantar el listón de exigencia solo puede disuadir a los mediocres. Segundo, tajante negativa de los garantes de la ortodoxia a que los profesores sean evaluados. Con las pruebas y ejercicios de ingreso ya habrían demostrado su idoneidad profesional. Aunque soy reacio a comentar asuntos de mi propia casa, excepcionalmente, y sin que sirva de precedente, hablaré del IESE. Desde su fundación en 1958, en todos sus programas, la opinión de los participantes –alumnos del master, empresarios, directivos, profesionales liberales– es recabada. Siendo la evaluación de un profesor una tarea delicada y compleja, se precisa una pluralidad de criterios –calidad docente, trayectoria investigadora, integración en la escuela, ánimo de cooperar con colegas, actitud vital– es evidente que no se puede prescindir de la opinión de la comunidad de alumnos. Interlocutor natural, obviar su criterio es un ejercicio de vanidad y prepotencia. Práctica habitual en el universo de las Business Schools, sorprende su escaso predicamento en la universidad. Tercero, rechazo frontal a que como entrenamiento los docentes puedan ser grabados en clase, sería una suerte de gran hermano de la educación. Ponencia, debate, clase, reunión… ¿Le han grabado alguna vez, querido lector? Lo que pudiera parecer una muestra de narcisismo acaba siendo un método de aprendizaje que fomenta el realismo y la humildad. ¿Ése soy yo? ¡Caray qué vergüenza!; tics, expresiones corporales, timbres de voz, repeticiones, gestión dudosa del tiempo… Multitud de propuestas de mejora afloran con la simple observación. También cuando un colega se toma la molestia de acompañarte en clase y te da su opinión sincera. Usos y rutinas de cualquier institución que quiera estar en la vanguardia.

Si se tiene claro el propósito último que se persigue, los caminos se encuentran. Releer a Steiner es un buen estímulo. “Hasta en un nivel humilde- el de maestro de escuela- enseñar bien es ser cómplice de una posibilidad trascendente. Si lo despertamos, ese niño exasperante de la última fila tan vez escriba versos, tal vez conjeture el teorema que mantendrá ocupado a los siglos. Una sociedad que no honra a sus maestros es una sociedad fallida”. La nuestra. Unos por acción, otros por omisión, hemos parido una sociedad inculta y quejica, lastrando el nivel educativo del país. Suerte y ánimo para el profesor Marina y su equipo de colaboradores. Su trabajo va a la raíz de nuestros problemas de convivencia.