Ignacio Camacho

ABC
La noche del día en que Rajoy le garantizó la investidura en minoría, Susana Díaz volvió a perder un debate televisado. Estuvo fuera de sitio, descortés, crispada, hosca, sin un gramo de la empatía que constituye su principal capital político. Fracasó por segunda vez frente al inteligente comunista Maíllo y al sereno pero contundente Moreno Bonilla, que ha crecido en esta campaña demostrando que su problema no es tanto de producto (el candidato) como de marca (el partido). La presidenta ha salido malparada de los dos debates celebrados, en los que ha dejado manifiestas dos debilidades: la incomodidad con que se maneja ante las acusaciones de corrupción y la falta de flexibilidad para sostener ante adversarios correosos su célebre carisma en las distancias cortas. Acostumbrada a la complacencia que provoca el poder, soporta mal la confrontación en igualdad de condiciones. Esa mañana, sin embargo, el presidente del Gobierno le había resuelto la cuita primordial que le plantean estas elecciones. Al proclamar ante Carlos Herrera que debe gobernar el que gane en las urnas, Rajoy le dio vía libre para despreocuparse de pactos de investidura; si es necesario el PP le facilitará con su abstención el acceso a un nuevo mandato. La declaración marianista tenía la intención encubierta de arrebatar a los minoritarios –Podemos, Ciudadanos e IU– la llave de la gobernabilidad y, de paso, supone una inversión en el banco de los favores que tal vez necesite cobrar algún día. Fue una profesión de estabilidad bipartidista en toda regla, destinada a restar fuerza a los partidos bisagra que irrumpen en plena crisis del sistema.
De alguna forma esas palabras del presidente lanzaban también un mensaje cifrado en claves que Díaz conoce… y que Pedro Sánchez sospecha. Hay una sintonía estratégica tácita entre los líderes del PP nacional y del PSOE andaluz. Cada uno piensa que el otro ganará en su respectivo desafío electoral y a los dos les conviene respetarse las reglas no escritas. El susanismo ha trazado su plan a medio plazo, con la asesoría de Felipe González; cuenta con una victoria corta del PP en noviembre y espera un mandato de Rajoy en precario, una legislatura breve durante la que asaltar el liderazgo socialista. Su prioridad actual es comprar tiempo y coincide con la de Moncloa, que no pondrá impedimentos; a ambos les interesa además, para apuntalar el bipartidismo, que Podemos se desinfle por falta de expectativas. En ese ajedrez Andalucía puede ser una descontada pieza de sacrificio. La misión de Moreno Bonilla es la de resistir lo mejor posible en la batalla de desgaste. Le quedará el consuelo de haber ganado dos debates pero nadie en el PP ha pensado nunca en serio que podía imponerse al susanato. Con lo que no contaban era con la aparición de Ciudadanos, que ha transformado el gambito de dama en una inesperada apertura de flanco.
Ignacio Camacho
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