Editorial
MÁLAGA HOY

El Partido Andalucista  acordó el pasado sábado disolverse tras casi cincuenta años de historia en los que ha sido uno de los actores políticos más importantes de nuestra comunidad autónoma. Desde 2008, la formación venía cosechando unos pobrísimos resultados electorales que le habían condenado a desaparecer de los parlamentos español y andaluz, así como de los ayuntamientos de las grandes ciudades. Pese a contar todavía con 319 concejales distribuidos por la geografía andaluza, todo indicaba que el PA había entrado en la senda de su decadencia. Era mejor enterrarlo con dignidad que asistir a un lento proceso de deterioro que nadie sabía cómo podía acabar . La decisión adoptada por El Congreso Nacional Extraordinario celebrado por los andalucistas en Torremolinos ha sido, pues, sabia y acertada.

Los problemas históricos del PA han sido varios y decisivos. El primero y más importante es que no supo monopolizar de una forma contundente el discurso andalucista. Muy al contrario, fue el PSOE quien logró desde los inicios del proceso autonómico conectar mejor con las expectativas de autogobierno y redención económica y social que imperaban en el pueblo andaluz durante los años de la Transición. Error fue también el no conseguir definir una ideología clara más allá de su regionalismo (que a los de la formación les gustaba llamar nacionalismo) y de un difuso progresismo cuyo espacio también estaba ya copado por el PSOE. Finalmente, algunos graves errores estratégicos y las duras luchas internas -como la que enfrentó a Alejandro Rojas-Marcos y Pedro Pacheco- hicieron que el Partido Andalucista  -que llegó a tener 5 diputados en el parlamento español y 10 en el andaluz; que formó parte del gobierno autonómico y que gobernó ciudades como Sevilla, Jerez o Algeciras- terminase convirtiéndose en un partido casi marginal. El del pasado sábado fue un final que se venía anunciando desde hacía ya mucho tiempo.

Sin embargo, y en justicia, la valoración histórica de esta formación, que nació en las catacumbas del franquismo y que siempre tuvo más presencia en la Baja Andalucía que en la zona oriental de la comunidad, debe ser positiva. El PA ha sido un elemento clave para garantizar la gobernabilidad de la Junta de Andalucía y algunos ayuntamientos, como el de Sevilla. Asimismo, con su discurso regionalista, obligó al PSOE a tener muy en cuenta las aspiraciones del pueblo andaluz, que aunque nunca ha sido soberanista sí tiene muy claro su identidad cultural y su derecho al autogobierno y a ser una comunidad respetada en el conjunto de España.