Gumersindo Ruiz
DIARIO DE SEVILLA

Atravesamos una mala época para que los ahorradores tomen decisiones sobre riesgo y rentabilidad. Vamos a considerar dos posibilidades, sólo de ahorro financiero. Aunque al Gobierno le venga bien, para cuadrar unos presupuestos con déficit, que se pague muy poco por la deuda pública, la verdad es que los increíblemente bajos intereses son un problema para muchos ahorradores que confiaban en depósitos, o fondos con riesgo limitado. La deuda pública española a diez años, que estaba en el 1,15% en marzo, ha pasado al 2,40% en junio, y luego al 1,90% actual. Son tipos muy bajos, pero a estos niveles, al subir o bajar, dan pérdidas de valoración o plusvalías significativas, como se ve a diario en los fondos de inversión y planes más conservadores. El Banco Central Europeo ha comprado directamente 25.000 millones de euros para mantener la deuda españolas a estos tipos, así como cédulas hipotecarias y deuda del Instituto de Crédito Oficial y de Adif, el operador ferroviario; con una deuda pública de un millón de millones de euros, si el BCE no interviniera y los tipos volvieran a niveles normales, estaríamos no necesariamente en quiebra, pero sí con un problema presupuestario muy grave.

La segunda posibilidad es la Bolsa, que viene determinada por la falta de oportunidades de invertir. Pese al susto de la bolsa china, que ha arrastrado a medio mundo, las europeas siguen en ganancias anuales, que van desde el 20% de Italia, al 8,4% de España, pasando por el 12,8% de Alemania; el Reino Unido está en negativo. Las empresas siguen una tendencia que confunde a los inversores, pues emiten deuda aprovechando los bajísimos tipos, y reducen capital, por lo que hay menos acciones; además, compran sus propias acciones, con lo que empujan el precio. También pagan dividendos para contentar a los accionistas, y se embarcan en operaciones de compras y adquisiciones; el fácil endeudamiento permite todo esto. Sin embargo, invierten poco, aunque como el beneficio empresarial gana espacio a las rentas salariales, queda margen también para invertir. Los inversores pueden elegir entre empresas que crecen comprando a otras o fusionándose; compran sus propias acciones; reparten dividendos; o invierten para crecer en el futuro; y todo ello recurriendo a la deuda barata, frente a la acción cara. Pero los beneficios, como Andrew Smither ha probado, pierden valor de información, ya que los anuncios de beneficios de las empresas cotizadas son cuatro veces más volátiles (oscilan más al alza y a la baja) que los beneficios empresariales totales. No es de extrañar, pues, que al anuncio de beneficios de nuestras empresas cotizadas haya seguido una caída en la Bolsa.

Los reguladores financieros internacionales están preocupados por los bajísimos tipos e intervención de los bancos centrales, que lleva a millones de ahorradores de todo el mundo a inversiones de riesgo, como única alternativa para conseguir una rentabilidad. A propósito de la crisis de la bolsa en China, me gustó, por su ingenuidad y precisión, el comentario de un analista oriental que decía: «los pequeños ahorradores han salido espantados, como pajarillos ante el estallido de un petardo».