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Hay una ciudad a la que apenas dedicamos elogios: la Sevilla que va por delante

Está ya la noria construyendo su metáfora en la Feria mientras la ciudad se contempla en la casa de los espejos. Aquí todo corre como una liebre que nunca apresamos porque lo que de verdad nos gusta es admirar la carrera. Ir detrás de nosotros mismos. El mejor ejemplo que conozco de esto es el del frutero del Arenal, José Manuel, que vio una noche de invierno a los camareros del Portón y el Don Carlos llevar los veladores al pequeño almacén donde al final de la jornada se recogen y no se pudo contener. Se asomó al balcón y les cantó una saeta. Ole, ole y ole. Y el velador que en ese momento portaban comenzó a mecerse sobre los pies, a solas en la fría oscuridad de los meses de letargo de la ciudad. Otro artista que tiene gracia a espuertas, César Hurtado, se desesperó en uno de estos Domingos de Ramos de chaparrón que hemos padecido años atrás y montó en el mostrador de su taberna de Utrera un paso con una caja de Cruzcampo y un tramo de nazarenos con botellines de Coca-Cola a los que pegó cañitas a modo de cirios. Y el colmo ya es mi amigo Manolo Lara, que un año de destino laboral lejos de su cuna montó una pañoleta de caseta de Feria en su balcón y se comió el pescao de la prueba del Alumbrado como si estuviera en los llanos de Tablada.

Esa Sevilla que se persigue en sus esencias tiene un poder que desgarra. Pero hay otra ciudad a la que apenas le dedicamos elogios. La Sevilla que va por delante. La que avanza en silencio hacia un futuro de luces y anuncia con el humillo de sus chimeneas, con el del incienso, que más allá de los días del gozo, están los días del despertador. Una Sevilla que trabaja vestida de ruán, tan callada como solemnemente, y que equilibra esa balanza entre la emoción y la razón que nos ha traído hasta tan lejos y que nos llevará hasta donde nos dé la gana. Es cierto que se nos ve más el platillo del convite que las pesas del trabajo. Eso es precisamente lo que nos ha dado en el resto del país forma de pandereta. Pero esta imagen del Rey hablándole a los trabajadores de Persán un Lunes Santo por la mañana temprano desmiente todos los tópicos. Porque el propio Felipe VI experimentó esa sensación que tan bien conocemos nosotros de poder compaginar ambas verdades en una sola. La fábrica de los Moya ha cumplido 75 años lavando en toda España las manchas que otros quieren echarle a Sevilla. Abriendo muy temprano y cerrando muy tarde. Un día tras otro. Porque los callos que esta ciudad tiene en sus manos no se los ha hecho agarrándose a los hierros de la noria en sus alturas, ni asiendo varas delante de los pasos. Los tiene desde que nació. Aquí nunca se cierra los días de fiesta. Se trabaja aunque sea con los ojos pegados. Por eso en nuestra casa del jabonero, ni se cae ni se resbala nadie.

No hay que caer tampoco en la complacencia porque no se puede ser conformista en una tierra que está comida por el paro, pero sí hay que sacar pecho cuando toca. Persán es un ejemplo de lo que somos los sevillanos. Es una fábrica de progreso. Un frondoso árbol en mitad del bosque verde de nuestra industria. El Rey de España lo sabe. Por eso habla a los trabajadores a la cara, sin antifaz. Ésta sí que es una buena cuadrilla de costaleros.

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