Manuel del Pozo
EXPANSIÓN

Tengo que agradecer al profesor José Antonio Marina que haya provocado un gran debate en España sobre la calidad de la educación y sobre la necesidad de fortalecer la profesión docente. Marina sabe que su propuesta de que los profesores buenos cobren más que los malos es una maravillosa utopía que a corto plazo es inviable por el blindaje con que cuentan los funcionarios en España, por la dificultad de la evaluación y, sobre todo, por la tradicional falta de consenso que ha lastrado el sistema educativo en España.

En los últimos 30 años hemos tenido siete leyes educativas y hemos sido incapaces de ponernos de acuerdo los españoles para consensuar un sistema que resuelva el fracaso escolar, que incremente la exigencia a los alumnos, que prestigie al profesorado, que adecue las enseñanzas al mundo laboral y, en definitiva, que sirva para mejorar la cualificación de nuestros jóvenes. Todo lo que hagamos para enriquecer la educación será lo mejor que podemos hacer por el futuro de nuestro país.

El Pacto de Estado por la Educación es la gran asignatura pendiente de España por culpa no sólo de los políticos, sino también de todos los estamentos y poderes que tienen competencias en temas educativos. Tirarse la educación a la cabeza es un deporte nacional y cualquier excusa es buena para ello. Que el profesor Marina propone mejorar la capacitación de los profesores introduciendo criterios de calidad en el sistema, pues llegan el sindicato de profesores ANPE, el sindicato de funcionarios CSIF, Comisiones Obreras y UGT y descalifican su propuesta con argumentos del tipo de que “no hay profesores buenos y malos, todos son profesionales capacitados para impartir la docencia”. Nadie duda de la preparación de los docentes, de lo que se trata es de mejorar e incentivar su buen desempeño.

Este intercambio absurdo de reproches y las trifulcas insustanciales sobre temas colaterales han torpedeado tradicionalmente el debate sobre lo realmente importante: la calidad de la educación. Hace unos meses la polémica estaba en si un alumno podía pasar de curso con 2, 3 o 4 asignaturas suspensas. Unos defendían igualar por abajo a los alumnos, mientras otros -los más sensatos- abogaban por introducir mayores exigencias a los alumnos.

También nos entretenemos con otras discusiones tangenciales sobre si hay que hacer obligatorio o no el dictado en las clases; si hay que limitar los deberes escolares a realizar fuera del horario escolar; si resulta fundamental sacar la religión de las escuelas y convertirla en una actividad extracurricular más; o si es mejor el judo o el fútbol para mejorar la formación deportiva de nuestros escolares.

Hay que dejarse de veleidades y tonterías, y debatir en serio sobre la calidad de la educación. El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, se refirió a este tema ayer, en el Foro organizado por el diario El Mundo, al señalar que, en el modelo productivo que él promueve, resulta necesario impulsar la competitividad de las empresas españolas a través del fomento de la economía digital, “que tiene un papel indiscutible en la mejora de nuestro sistema educativo”. Rajoy dijo también que hay que crear las condiciones para una Universidad más competitiva, abierta a la innovación y a la investigación, y “con capacidad para formar a los universitarios en las competencias que les exige en cada momento el mercado laboral”.

Ojalá que el Libro Blanco de la Función Docente –que está previsto que sea presentado a finales de este mes– sirva de pistoletazo de salida para que en España se produzca un amplio debate sobre la mejora de la calidad de la educación. Hablemos, por supuesto, de motivar a los profesores, de prestigiar su profesión, de cómo formarles, pero también rompamos la urna de cristal con la que sobreprotegemos a nuestros hijos y exijámosles esfuerzo y disciplina. Dejemos de mimar a las criaturas y no volvamos a tragarnos ese viejo cuento de que “el profe me suspende porque me tiene manía”. Yo le justifiqué así dos suspensos a mi padre y todavía recuerdo el bofetón que me soltó.

El Gobierno que salga de las urnas el 20 de diciembre seguro que situará la educación entre sus prioridades. Esperemos que por fin afronte el tema con profesionalidad y sin partidismos ni tonterías.