Eduardo Jordá
GRANADA HOY

En una charla en la Universidad de Sevilla, Alfredo Pérez Rubalcaba ha dicho que no debíamos fiarnos mucho de los resultados negativos del informe PISA -que sitúan a nuestros estudiantes en unos niveles muy bajos en cuanto a conocimientos de matemáticas y comprensión lectora-, porque lo importante es que nuestro sistema de enseñanza sea muy equitativo. Hombre, puede ser, pero uno se pregunta si puede ser equitativo que miles y miles de alumnos, y casi siempre pertenecientes a los sectores sociales menos favorecidos, abandonen los estudios sin haber completado siquiera la ESO. Es decir, sin saber ni chapurrear un idioma extranjero o sin saber entender una ecuación de segundo grado o una frase compleja en subjuntivo, por ejemplo. Y más aún si se tiene en cuenta que España es un país que gasta mucho dinero público en educación. Porque los defensores del actual modelo siempre achacan sus defectos a la falta de financiación, pero la triste verdad es que hay países que consiguen mucho más que nosotros gastando mucho menos.

Digo esto porque el espinoso tema de la educación no ha aparecido en los debates de la anterior campaña andaluza, a no ser por las vagas y tópicas referencias a aumentar las inversiones del dinero público y a incentivar al personal docente. Pero de cambiar los métodos de selección del profesorado, o de mejorar los temarios y los planes de estudio -que ahora mismo son aburridos y obsoletos-, nadie dice ni mu. Y sólo Ciudadanos, que yo sepa, parece consciente del problema, y por eso promete un gran pacto estatal a largo plazo para revisar por completo el modelo y evitar los cambios electoralistas y los bandazos ideológicos, al menos durante los próximos veinte o treinta años. Es decir, evitar que se defienda un modelo fracasado porque es equitativo -como hace la izquierda- o que sólo se pretenda apoyar la educación privada y la enseñanza obligatoria de la religión, como hace la derecha.

Una de las cosas más graves del problema educativo es que todo el mundo reconoce en privado lo que nadie o casi nadie se atreve a decir en público, por temor a enfrentarse con los sindicatos de profesores -que a menudo actúan como aquellos feroces frailes capuchinos que defendían con ardor los privilegios de la educación escolástica-, o por miedo a ser considerado reaccionario o neocon. Y así vamos, con un sistema educativo que distribuye de forma equitativa nuestro colosal fracaso, ya que siempre se ceba entre los más pobres.

Eduardo Jordá
GRANADA HOY