EDUARDO JORDÁ

Estos días todo el mundo habla de la corrupción, y en este país nuestro -país de pícaros y de tertulias televisivas a base de gritos, pero sin premios Nobel ni escolares que sepan entender bien un texto- todo el mundo cree tener la solución mágica. Unos dicen que la culpa es del franquismo, olvidando que ya existía la corrupción en la España de Felipe II y que seguía existiendo en la España de Galdós. Y otros creen que el problema está en la casta del PP-PSOE que nos gobierna, con lo que bastaría echar a la casta y meter en la Administración a personas jóvenes y honradas para que la corrupción se terminase en un abrir y cerrar de ojos.

Por lo visto, esta gente ignora que muchos de los corruptos que van esposados al juzgado fueron en su día jóvenes y honrados, así que ellos también gritaron contra los corruptos, aunque luego, al hacerse mayores y manejar dineros públicos -y al ver que nadie los controlaba y que no pasaba nada si cometían un delito-, empezaron a dejar de ser tan honrados y acabaron llevándose su tres por ciento reglamentario de todas las comisiones. La vida, siento decirlo, es así de burlona. Lo que hace falta, si queremos acabar con la corrupción -o al menos reducirla a un límite razonable, porque la corrupción existirá siempre-, es entender que el ser humano es imperfecto por naturaleza, y que si no se le impide caer en la tentación de enriquecerse de forma ilícita, es imposible que deje de hacerlo. Y para ello hay que reformar por completo la Administración y despolitizarla de arriba abajo, y dar mucho más poder a los empleados públicos, y crear leyes y reglamentos -siempre supervisados por funcionarios independientes- que impidan el manejo delictivo de los fondos públicos. Ése es el único camino, aunque es un camino arduo y lento porque España tiene una legislación laberíntica -empeorada por la diarrea legislativa de las autonomías- que hace muy difícil una reforma radical de los procesos administrativos.

Y si hay corrupción, por último, es porque en el fondo somos un país crédulo y complaciente en el que apenas existe la sociedad civil, y en el que mucha gente cree en las soluciones simplistas -siempre que se expresen a gritos- al tiempo que desdeña las soluciones complejas que exijan inteligencia y audacia y cambios radicales en costumbres que damos por inamovibles. Pero eso es lo único que podemos hacer si queremos tener alguna esperanza de acabar con la corrupción. ¿Seremos capaces de hacerlo? Me temo que no.

EDUARDO JORDÁ
DIARIO DE SEVILLA