EDUARDO JORDÁ

Uno de los elogios que se suelen prodigar a los líderes de Podemos es que son universitarios muy bien preparados. Y estoy de acuerdo en que Pablo Iglesias y los suyos han demostrado tener un nivel intelectual muy superior a la media vergonzosa de nuestra clase política, pero hay que andarse con cuidado con ese elogio incondicional hacia los universitarios. En España nos podemos fiar de las carreras científicas y técnicas, y una de las cosas que más se echan en falta son las intervenciones de los científicos que conocen bien la materia de la que hablan, en vez de la cháchara interminable de los opinadores (como yo mismo). Y el caso del ébola, por ejemplo, no hubiera degenerado en el esperpento en que acabó si los virólogos lo hubieran podido controlar desde el principio al margen de los políticos. Ahora bien, no existe el mismo nivel de fiabilidad en las carreras universitarias que antes se denominaban «de letras», o incluso en otras carreras como Económicas y Derecho o Pedagogía, porque ahí ya nos podemos encontrar con casos alarmantes de teorías puramente disparatadas. En Granada, por ejemplo, había un profesor de Literatura que decía que Lorca era fascista, y ahí sigue, creo. Y hay pedagogos que están convencidos de que enseñar a leer y escribir a un niño de tres años es un acto de «violencia traumática y fascista» (uso su propia terminología). Y ahora mismo es muy fácil oír a licenciados universitarios (y muchos de ellos están encuadrados en Podemos) que defienden el «derecho a decir de los pueblos hispánicos», lo que demuestra que no tienen muy claro que en la Unión Europea no hay pueblos, sino ciudadanos, porque Cataluña o Andalucía no son el Sáhara Occidental ni el Kurdistán, sino territorios administrados con todas las garantías jurídicas y democráticas. O sea que no hay ninguna razón para elogiar sin más a un universitario. A menos, insisto, en que haya estudiado una carrera científica o técnica. La triste verdad es que algunas de nuestras universidades están tan atrasadas como en los tiempos de la escolástica. Y esto es así porque la ley de Autonomía Universitaria, lejos de abrir las universidades a la libre competencia, blindó los privilegios de los equipos directivos y cerró las puertas a la innovación y a la mejora. Por eso digo que ser licenciado en Políticas no es garantía de nada, ni mucho menos de poseer las cualidades que ha de tener un buen gobernante. Todo eso hay que demostrarlo. Y aún está por ver.

EDUARDO JORDÁ
DIARIO DE SEVILLA