Eduardo Jordá
HUELVA INFORMACIÓN

He pasado un fin de semana hospitalizado por culpa de una pequeña intervención quirúrgica. En la habitación de un hospital público, conversando con los vecinos de cama y sus familiares, uno se puede hacer una idea bastante acertada del estado de ánimo de un país. Y mi impresión es que la gran ola de indignación del año pasado se está evaporando por completo. Por supuesto que aún se nota mucha desconfianza hacia los políticos. Y por supuesto también que el paro y la precariedad laboral siguen siendo las mayores preocupaciones de la gente. En este sentido, nada ha cambiado. Pero ahora se detecta una cierta conformidad con la situación, o incluso una vaga esperanza, que eran impensables hace sólo un año o incluso medio año. Y lo que es más importante, ahora la gente elogia los servicios públicos que tenemos, en contra del histerismo catastrofista que intentó difundir hace un año la izquierda más lunática con el absurdo propósito de hacernos creer que vivíamos en Zimbabue. Y en mi habitación de hospital, entre enfermos que se quejaban por el dolor y las molestias, y entre familiares muertos de sueño y de cansancio y de aburrimiento, todo el mundo coincidió en elogiar nuestro sistema sanitario, que es uno de los mejores del mundo a pesar de los recortes y de los defectos que arrastra. Y eso, me temo, habría sido impensable hace sólo doce meses, cuando todo el mundo parecía contagiado por una especie de odio irreprimible hacia todo lo que tuviera que ver con la política y con la gestión de los servicios públicos.

Todo esto me indica que en las elecciones de diciembre habrá menos sorpresas de las que nos creemos. Y los dos partidos que se han turnado en el poder durante estos últimos 35 años, y que en estos últimos tiempos parecían desahuciados o abocados a la desaparición, obtendrán unos resultados mucho mejores de lo que muestran la mayoría de las encuestas. Y si sumamos a todo esto la posible declaración unilateral de independencia de Cataluña -un asunto muy serio que pone los pelos de punta porque se trata de un caso de sedición inédito en Europa desde hace al menos 70 años-, es fácil concluir que el electorado, que es mucho más sabio de lo que se creen muchos politólogos y tertulianos y catedráticos de Universidad, se inclinará por las opciones que garanticen la estabilidad en vez del caos. Ojalá no me equivoque.