El debate sobre inflación o deflación lleva polarizando a los mercados desde la crisis de 2008, cuando los principales bancos centrales del mundo recurrieron a políticas monetarias expansivas no convencionales, como imprimir dinero para comprar deuda soberana, con el objetivo a corto plazo de combatir una crisis global sin precedentes pero con enormes riesgos potenciales a largo plazo.

Por entonces, ante la amenaza del colapso del sistema, los riesgos inflacionistas a largo plazo se consideraban un mal menor. Guardando las distancias, era como preocuparse por morir achicharrado de calor cuando estás a punto de morir congelado de frío.

El éxito rotundo de los experimentos monetarios en los EEUU alentó a otros países a adoptar políticas parecidas con dimensiones sin precedentes. Durante los últimos ocho años han acumulado unos 20 billones de dólares en estímulos, más de 600 bajadas de tipos de interés e incluso han roto la barrera teórica con tipos de interés negativos, algo impensable hasta hace muy poco.

Para sorpresa de muchos, este tsunami monetario no parece haber generado la inflación galopante que muchos hubiéramos esperado. Y digo parece, porque se trata de un debate relativo, en el que las subidas de precios no nos impactan a todos por igual. Por ejemplo, existen grandes diferencias en inflación, con extremos como Japón o Venezuela, donde la situación en Europa en general, y en España en particular, está más cercana a la deflación de Japón que la inflación de Venezuela. Existen también importantes diferencias a nivel micro, como los productos y servicios consumidos por ancianos o jóvenes. Por ello, el debate no se puede generalizar, ya que tanto la deflación como la inflación son hoy realidad en distintos sectores de la economía global. De forma más general, el debate deflación contra inflación se centra en particular en el análisis coste-beneficio de las políticas monetarias expansivas como QE o tipos de interés negativos.

Por motivos prácticos, los gobiernos tienden a simplificar la realidad con índices como el IPC (Índice de Precios del Consumo), que es fácilmente manipulable a través de su ponderación e índices de referencia, por lo que puede generar divergencias entre la inflación oficial y la que sentimos en nuestros bolsillos.

Los deflacionistas, entre los que se encuentra Mario Draghi, presidente del Banco Central Europeo, argumentan las políticas monetarias sin límites como una medida necesaria ante el riesgo de deflación. En su opinión «los tipos de interés bajos no son el problema. Son el síntoma de un problema subyacente, de insuficiente demanda de inversión a nivel mundial, incapaz de absorber los ahorros disponibles en la economía».

Los inflacionistas, entre los que me encuentro yo, argumentamos que la política monetaria juega un papel importante, pero tiene límites y su abuso puede crear adicción y generar problemas mayores de los que intentábamos solucionar.

Imprimir dinero de la nada para regalárselo a los gobiernos (directamente o a través de monetización de deuda) no soluciona nada. Como bien dice mi amigo y economista Daniel Lacalle, «si imprimir moneda ayudara al pueblo, Zimbabue, Venezuela y Argentina serían los países con más número de ricos del mundo». Claramente no lo son. Puede ser una solución justificada a corto plazo, pero no sostenible a largo plazo, ya que genera deuda que hay que pagar tarde o temprano, tiende a contribuir a la sobrecapacidad, y si se aplican sin límites pueden generar grandes distorsiones en los mercados e inflación de activos.

El Banco Central Europeo, con enormes compras de deuda soberana, ha distorsionado precios y rendimientos hasta alcanzar niveles de rentabilidad negativa en numerosos mercados y plazos. Una burbuja de libro de texto que puede transmitirse a través de un efecto dominó en otros mercados. Un problema a largo plazo porque cuando estas burbujas estallan generan deflación… el problema que estábamos intentando solucionar. El ciclo se perpetúa en forma de bola de nieve de problemas cada vez mayores, con una deuda cada vez mayor y con un margen de maniobra para bajar tipos de interés cada vez menor, creando presión para devaluar la moneda: el canal de ajuste de última instancia.

Otra consideración en el debate es la saturación monetaria o «efecto quemadura de sol». La radiación solar no se siente de forma instantánea sino de forma retardada. Lo mismo con los incentivos monetarios, cuyos efectos inflacionistas pueden hacerse latentes cuando ya es demasiado tarde.

Los riesgos inflacionistas, unidos a la perspectiva de débil y frágil crecimiento económico, abren el espectro de la estanflación. Una preocupante dinámica que en mi opinión favorece inversiones en activos reales con rentas, como los inmuebles o terrenos agrícolas, así como el oro, un activo refugio que, en mi opinión, puede proteger las carteras de ahorradores e inversores frente a muchos de los riesgos que se avecinan.

Diego Parrilla

EL MUNDO