Santiago Álvarez de Mon

EXPANSIÓN
¿Quién soy yo?, es una pregunta decisiva, recurrente, que consciente o inconscientemente el ser humano se formula a sí mismo. Misterio a desvelar, descubrimiento esencial, su respuesta cobra especial importancia en una era en la que el ritmo y profundidad del cambio no tienen precedentes. La revolución digital, un mundo interconectado, el fenómeno de la globalización, la ingente cantidad de información disponible, las facilidades para viajar, el bombardeo de los medios de comunicación, la irrupción de las redes sociales en nuestra intimidad, los avances de la ciencia, la porosidad de fronteras otrora infranqueables…, son factores que contribuyen a percibir el planeta como un inmenso, caótico y diverso bazar. Cuando la realidad exterior marcha a una velocidad que cuesta seguirla, cuando mi mundo interior, el universo personal de pensamientos, sentimientos y emociones, percibe el mundo como algo desconcertante y amenazador, el instinto identitario, tan básico y constitutivo del hombre, se muestra asustadizo y a la defensiva. Javier Meloni se acompaña de Amin Maalouf, escritor libanés, culturalmente semítico, árabe de habla, religiosamente de raíces cristianas, próximo al laicismo francés ya que vive en Francia, para construir su relato argumental. “Tenemos múltiples vínculos: etnia, comunidad lingüística, confesión religiosa, clase social, profesión, incluso los clubs de ocio o de afición. Cuando uno de estos vínculos es puesto en cuestión, tendemos a defenderlo absolutizándolo… Cuando se reduce la identidad a una sola pertenencia, la visión del mundo se distorsiona, creando un nosotros contra los otros”. Tan radical y reduccionista puede ser esa actitud que la paz puede implicar una profunda crisis de identidad. Las dictaduras son un triste y elocuente ejemplo. Dada su estructural debilidad interna, necesitan de un enemigo exterior para reafirmarse y perpetuarse cara a su manipulada clientela. En el maniqueísmo guerrero de buenos y malos se hacen fuertes, en la paz y en la libertad muestran todas sus vergüenzas y debilidades. En el proceso de desinstitucionalización creciente de nuestra convivencia, y por tal entiendo la pérdida de arraigo y prestigio de las diferentes instituciones por las que discurre la vida del hombre (parlamento, gobierno, judicatura, sindicatos, partidos políticos, universidad, empresa, Iglesias, incluso la familia es cuestionada…), la tentación es buscar la respuesta en los tentadores plural o abstracto –pandilla, colectivo, tribu, nacionalismo…– en lugar de explorar el singular enigma de cada hombre o mujer. “Lo más personal es lo más universal”, decía Carl Rogers. Poco caso le hemos hecho, siempre buscando atajos, cuando al nosotros acogedor y solidario solo se llega desde el yo único, genuino e irrepetible. Desgraciadamente, las elecciones democráticas se han prostituido hasta tal punto que se han convertido en una tribuna privilegiada para mensajes facilones cocinados para la propia parroquia electoral. Pocos partidos se dirigen a la persona, recorriendo transversalmente la sociedad, y casi todos a sus grupos de interés. En palabras de Meloni, “al blindar la palabra en defensa propia deja de ser sagrada. Es absorbida en la memoria del grupo con el riesgo de domesticarla y convertirla en propaganda. Y la propaganda no es inocente. Busca al otro no por sí mismo, gratuitamente, sino por lo que revierte de poder, prestigio o autocomplacencia. La misión se convierte entonces en griterío y en invasión ideológica y cosmovisional del espacio ajeno” . Lo hemos visto en Andalucía. Contra la casta, los de arriba frente a los de abajo, un candidato ridiculizado porque se llama Albert, derechas, izquierdas, friquis, naranjitos, populistas, etiquetas y prejuicios, ocasión ideal para el insulto y la estulticia. Si la democracia se pelea con la inteligencia y la honestidad, si gana la sinrazón, perdemos todos. De ahí el drama de la corrupción. David Hume dijo: “Nada propicia tanto a la corrupción y enerva y erosiona la mente como la dependencia, y nada proporciona tan nobles y generosas nociones de probidad como la libertad y la independencia”. Por esta razón, la metáfora del pescadito y la caña de pescar ilustra muy bien la enjundia del desafío planteado. Dilema crucial: ciudadanos libres, informados, críticos e independientes, o súbditos dóciles, dependientes, gregarios, que solo al calor del clan se atreven con la interrogante existencial con la que arranca esta columna. La democracia requiere de los primeros. Los segundos encajan bien en una inmensa guardería infantil. El arte de la conversación, pedagogía del buen gobernante, apela al arcano total de la persona, no solo a la lógica matemática de su bolsillo. Divorciados de la realidad, es utópico aspirar a su mejor transformación.
Santiago Álvarez de Mon
EXPANSIÓN
]]>