Enric Juliana
LA VANGUARDIA

El rompecabezas del 20 de Diciembre parece haber cogido por sorpresa a los grupos dirigentes españoles. No hay antecedentes. Desde 1977, en España ha gobernado siempre el partido más votado, sin necesidad de negociaciones excesivamente difíciles, puesto que los nacionalistas catalanes –antes del Adviento soberanista– nunca exigieron modificaciones estructurales en el sistema de poder a cambio de su apoyo en 1993 y 1996. El pacto del Majestic tuvo una cocción relativamente fácil y después de comprometerse a ceder las competencias de tráfico a los Mossos d’Esquadra y a eliminar de manera simbólica los gobiernos civiles, José María Aznar coronó el acuerdo hablando catalán en la intimidad. José Luis Rodríguez Zapateró ya llegó a marzo del 2004 comprometido con la reforma del Estatut de Catalunya. No sabía dónde se metía.

No hay entreno para la actual situación. Italia, sin italianos, como pronosticó Felipe González. Recomiendo para estos días de Navidad el segundo capítulo de la serie danesa Borgen, titulado “Contar hasta 90”. Narra las enrevesadas negociaciones para formar una coalición de gobierno en Copenaghue y comienza con la siguiente cita de Maquiavelo: “Un príncipe ha de saber que el partido más seguro es ser temido primero que ser amado”.

El endiablado resultado del 20-D coloca al Partido Socialista en el centro del tablero, pero en una casilla muy peligrosa. Aunque el pensamiento cínico nos dice que en política todo es posible, de entrada es muy difícil que dos hombres que hace diez días se despellejaban en televisión, acusándose de indecencia y ruindad, pacten ahora una gran coalición renana. Una gran coalición exigiría en España un profundo cambio de cultura política.

Pedro Sánchez está en una posición próxima a la del rey ahogado. (En ajedrez, el rey que no puede moverse, sin estar en jaque). Si se abstiene en la investidura de Mariano Rajoy, sin contrapartidas convincentes, deja que Podemos acabe de devorar al PSOE en las grandes ciudades. Si se acerca mucho a Pablo Iglesias, más allá del escarceo táctico, el establishment no se lo perdonará y los barones de su partido, encabezados por Susana Díaz, que lo quiere liquidar –ya no hay disimulo en Sevilla–, le pueden abrir una crisis de partido. Si fuerza la repetición de las elecciones, el PP se zampa a la mitad de Ciudadanos y Podemos acaba de sumar todos los votos de Izquierda Unida. No es seguro que Sánchez tenga fuerza de propulsión para ese arriesgado envite. Esa es la clave del Borgen español. ¿Es suficientemente temido Sánchez? ¿Puede amenazar de manera convincente al PP con dejarle en la estacada, y a Podemos con ofrecerle un pacto irrechazable?

El secretario general no puede hacer ahora otra cosa que ganar tiempo, intentar reforzar su autoridad en el partido –parando los pies a la virreina andaluza–, y subrayar su autonomía política ante los poderes económicos. Por ello se presentó ayer en Moncloa con cara de pocos amigos y repitió aquella estrofa felipista de los años ochenta: “De entrada, no”.

(Para los más jóvenes: “De entrada, no” fue el ambiguo lema del PSOE en 1982 sobre la permanencia de España en la OTAN.)