Xavier Vidal-Folch
EL PAÍS

El paro sube en España, y a lo peor sigue aumentando unos meses. Al menos, no disminuyendo.

Ahora que tanto se proclama que somos los campeones europeos de la recuperación europea, conviene recordar que el desempleo español supone en torno al 25% del paro de toda la Unión Europea, cuando los españoles suponemos solo algo más del 8% de la población europea.

En este asunto principalísimo, pues, el paradigma no ha cambiado desde los tiempos de Ortega y Gasset: España sigue siendo el problema y Europa, la solución. Y si no sabemos mejorar por nosotros mismos, habrá que sugerir a la UE una operación de rescate laboral, una suerte de nueva política de cohesión-bis, porque el problema del paro español sigue siendo el primer problema del desempleo europeo. Se empezó con la loable “iniciativa joven” (aquellos 6.000 millones para recolocar o recalificar a jóvenes aspirantes a trabajar), pero a todas luces no basta.

Vamos a ser generosos. El paro juvenil (16 a 24 años) suponía en 2.009 el 55% del desempleo total. Y ha bajado al 48,5% en 2015. Ojalá esta mejora se debiese al efecto del programa europeo de incentivos al empleo de los jóvenes, porque indicaría que hay recetas, y que las recetas funcionan, aunque sean sectoriales, se refieran a un nicho y sirvan solo para unos cuantos. Pero no puede asegurarse que se deba a esta causa.

El otro rincón angustioso, inverso al juvenil, es el de los parados mayores, de larga duración. Son dos millones. Jóvenes y mayores, los dos extremos. Pongámoslo de otra manera. La crisis ha generado 3,8 millones de parados nuevos. Pero al mismo tiempo, los parados que no perciben prestación alguna son 3,7 millones. ¿Son los mismos? La tasa de cobertura oficial (prestaciones) alcanza el 54,5%. ¿No es miserable?

La receta para aumentar el empleo es el crecimiento económico, como proclama Mariano Rajoy. Pero este crecimiento se debe hoy sobre todo a la rebaja del precio del petróleo y a la baja cotización del euro (propulsada por el BCE) que empuja las exportaciones, más que a sus reformas. Además, falta otra pata, las políticas activas de ocupación, que los institutos de empleo ayuden a los jóvenes (y al resto) a colocarse. Esto va muy lento. Las normas están ahí, disponibles, pero no se aplican. Vamos tarde y mal.