Joaquín Aurioles
DIARIO DE SEVILLA

Son días de balance sobre el año que acaba y de previsiones sobre el que viene. Éstas últimas dependen de las condiciones internas de la economía, pero también de otras circunstancias externas particularmente influyentes, cuya evolución debe ser anticipada. Algunas son incluso ajenas a la economía, como las tensiones geopolíticas o los conflictos bélicos, pero su influencia es indiscutible e incluso indiscriminada, aunque con diferente intensidad y forma en cada caso.

Las amenazas de seguridad, por ejemplo, tienen una gran repercusión en economías que dependen del turismo, como la española, aunque en el caso de los conflictos bélicos en el Mediterráneo oriental y del terrorismo yihadista, las consecuencias serán mucho más graves para el turismo turco, egipcio o tunecino, pudiéndose volver a producir la desdichada paradoja de que, el desvío del tráfico turístico hacia esos países, termine beneficiando a otros como España, gracias a su condición de destino seguro y consolidado. Los ejercicios de previsión también deben tener en cuenta otras tres circunstancias de naturaleza estrictamente económica. En primer lugar, lo que podríamos denominar como efectos de arrastre o locomotora, es decir, el tipo de impulso que cabe esperar de nuestro entorno exterior más influyente.

En el caso de España, la fortaleza que demuestran las economías desarrolladas, sobre todo Estados Unidos y Gran Bretaña, frente al debilitamiento de las emergentes, se interpreta como una influencia claramente positiva. La desaceleración en China supone una mala noticia para todos, aunque en el caso de España no sólo será inferior a la de países de su entorno, sino que también es probable que figuremos entre los principales beneficiarios de sus consecuencias sobre el precio de las materias primas energéticas. En segundo lugar, el precio del euro, del que los analistas esperan que durante todo 2016 permanezca en el bloque de las monedas débiles gracias al mantenimiento de los estímulos monetarios en la Eurozona y al progresivo endurecimiento de las condiciones monetarias en Estados Unidos. En tercer lugar, algunas sensibilidades concretas derivadas de características estructurales de la economía.

En el caso de la española hay que hacer referencia a la dependencia de las importaciones energéticas, sobre todo petróleo y gas, y a los elevados costes financieros derivados de nuestro endeudamiento exterior. Respecto del petróleo, las perspectivas siguen siendo de precios bajos, tanto por lo apuntado sobre China, como por el caos que parece dominar la OPEP, la actitud de los grandes productores no-OPEP, especialmente Rusia, el más importante, que está en sus máximos históricos de producción, como por la eventualidad del autoabastecimiento en Estados Unidos, gracias a la explotación de los esquistos. Con respecto a la financiación externa, el pronóstico es de estabilidad y de tipos bajos en la Eurozona, tras el encauzamiento del problema griego y el alejamiento de los nuevos focos de tensión, lo que para una economía como la española, sin capacidad de ahorro y fuertemente endeudada, puede suponer un importante alivio en el coste de la deuda.