El autor analiza los pros y los contras económicos de establecer una gran empresa en una metrópoli

Las grandes ciudades resultan atractivas a las grandes empresas porque pueden encontrar una oferta diversa y especializada de servicios, concentran las iniciativas innovadoras y permiten aprovechar las externalidades positivas derivadas de la aglomeración. Sin embargo, también concentran los mayores niveles de delincuencia, pobreza y marginación, costes de congestión y condiciones particularmente difíciles de acceso a una vivienda. Son algunas de las etiquetas habituales en el debate sobre los límites al crecimiento de las ciudades surgido, no tanto de la especulación intelectual sobre la calidad de vida en los ambientes urbanos y rurales, como de la acumulación de pronósticos en torno a la imparable concentración de población en grandes ciudades y a sus implicaciones económicas, lo que sin duda debería llevar a cada país y región a preguntarse sobre la adecuación de las suyas para afrontar el reto. Según el Banco Mundial, a finales de la pasada década se igualó el tamaño de la población que reside en zonas urbanas y rurales, pero su pronóstico es que a finales de la próxima las ciudades acogerán en torno al 60% del total. España será una de las raras excepciones, puesto que para 2030 se prevé un ligero descenso respecto del 80% de la población que actualmente vive en ciudades, curiosamente lo mismo que Portugal, Italia y Francia, para los que también se pronostica una especie de retorno al medio rural.

Sobre la trascendencia económica del fenómeno, un informe del Instituto McKinsey con similar referencia temporal apunta que el 62,1% del crecimiento del consumo urbano hasta 2030 tendrá lugar en ciudades de países emergentes, especialmente en China, mientras que prácticamente el resto se concentrará en las del mundo desarrollado. La mayor parte en Norteamérica, pero en Europa occidental será muy significativa la aportación de la población jubilada y mayor de 60 años, no tanto por el gasto relacionado con la salud, como con el ocio, el transporte, el turismo y alimentos y bebidas, incluidas las alcohólicas. Sorprendentemente ni la contribución de Japón ni de Oceanía serán significativas, a pesar de que en todos los rankings sobre las ciudades más atractivas para vivir, y por tanto con un elevado potencial de crecimiento, destacan las japonesas, australianas y neozelandesas.

La mayoría de estos rankings se refieren a grandes ciudades y lo habitual es que sólo figuren Madrid y Barcelona entre las españolas. Para encontrar referencias sobre Andalucía no sesgadas hacia cuestiones concretas (vivienda, coste de la vida, etc.), se puede acudir a la OCDE, que de vez en cuando presenta estudios comparados sobre condiciones de vida en territorios concretos, normalmente a nivel regional. Entre ellos, un índice de bienestar para 360 regiones europeas a partir de nueve indicadores que puntúa entre 0 y 10, con un resultado desconsolador para Andalucía. En España, sólo en Ceuta y Melilla se vive peor y la principal razón, pero no la única, es el cero con que se califica el indicador de calidad de empleo, aunque también estamos bastante peor que el resto en educación, acceso a los servicios públicos y salud.

Joaquín Aurioles

DIARIO DE SEVILLA