El mundo se encuentra en estado de emergencia educativa. Por todas partes se emprenden reformas, sin que la mayoría de ellas consiga su propósito

Acabo de volver de París con una imagen dramática en mi memoria. En la zona por la que me muevo -la Sorbona, el Collège de France, el Quartier Latin-, he visto varias familias con niños -una de ellas, con cuatro- vivir en la calle. No lo había visto nunca en París. El último número de ‘L’Obs’ titula en portada: “Señor presidente: salve a nuestros niños”. ¿De qué? Del fracaso escolar, de la discriminación, de la radicalización.

Estas noticias me han impactado más porque durante estos días he estado estudiando el informe publicado por WISE (World Innovation Summit for Education), titulado ‘Creative Public Leadership: How School Leaders Can Create the Conditions for System Wide Innovation’. Me han pedido que lo presente el próximo día 31 de mayo en la Casa de América. El estudio explica la necesidad de innovar en la escuela para conseguir preparar a nuestros alumnos para un futuro complejo e incierto. Durante mucho tiempo, los expertos han pensado que la solución era mejorar el funcionamiento de las escuelas que existían, pero ahora piensan que debe ser otra escuela diferente, sin que se pongan de acuerdo en cómo tiene que ser.

El mundo está en estado de emergencia educativa. Por todas partes se emprenden reformas, sin que la mayoría de ellas consiga su propósito. Uno de los aspectos que preocupan a los autores del estudio –Hallgarten, Hannon y Beresford– es que incluso aquellos países donde la educación es de calidad no han conseguido evitar la desigualdad. Hace años, algunos sociólogos -por ejemplo, el francés Pierre Bourdieu– sostuvieron que la escuela ‘reproducía’ las diferencias sociales, no las paliaba. Sin embargo, el objetivo de la escuela, a partir de la Ilustración, era fomentar la igualdad de los seres humanos. No lo está consiguiendo.

Las desigualdades sociales se reproducen en la mayoría de los sistemas educativos. Ya lo había denunciado el reciente estudio de la OCDE ‘Low-Performing Students: Why They Fall Behind and How To Help Them Succeed’. El trabajo que comento va en la misma dirección. Muchos sistemas educativos están olvidando este objetivo y, en muchos casos, altos niveles de innovación de calidad no hacen más que aumentar las diferencias. El alto nivel de equidad educativa que teníamos en España -algo que nunca han valorado los hipercríticos de nuestra escuela- está también disminuyendo.

Un nuevo ecosistema de aprendizaje

Este tema es fundamental para un posible pacto sobre educación, porque una caricaturización mutua de las posturas ha enfrentado la calidad y la equidad. En la educación obligatoria -la que determina el nivel cultural de una nación-, eso no es posible. Una educación que no consigue que el ‘efecto escuela’ mitigue el condicionamiento socioeconómico de los alumnos, no es una educación de calidad.

El estudio de WISE indica que un nuevo liderazgo en las políticas públicas (lo que llama ‘creative public leadership’) debe ser capaz de crear ecosistemas de aprendizaje eficaces para todos los alumnos. Y debe hacerlo si pretende que la marcha de la educación no esté en manos de las nuevas tecnologías o de las leyes del mercado. Un ‘entorno de aprendizaje’ es algo más que un aula. Tiene en ella su energía mas poderosa, pero exige salir de sus muros, enlazar con las familias, contar con ellas, ayudarlas, colaborar con sistemas de asistencia social, movilizar las fuerzas sociales, las fundaciones y ONG, las empresas de la zona.

Los autores se preguntan: ¿por qué tantas reformas, por qué tanto dinero invertido, han producido tan pocos cambios? La respuesta es evidente: no se habían hecho de la manera adecuada. En los próximos meses, en España, es muy probable que nos enfrentemos profunda, seria, generosamente con unareforma de la escuela que conduzca a una ley de consenso para más de una generación. Todos tenemos que colaborar, no para que acierten los que la gestionen, sino para que acertemos todos.

EL CONFIDENCIAL