Ignacio Camacho
ABC

ESTE cambalache de los pactos, este cabildeo de reuniones, este secreteo de consultas, este tira y afloja de intrigas, exigencias y regateos, se acabaría con algo tan sencillo como el ballotage. La segunda vuelta electoral entre los dos candidatos más votados para refrendar los pactos en las urnas y evitar el conciliábulo mercantil de los despachos. Sin necesidad de interpretar la «voluntad de los ciudadanos » según los intereses de poder y a conveniencia de partes. Nos pasamos el tiempo hablando de regenerar la política y cada cuatro años se produce el espectáculo de un trueque en el que la mayor capacidad de decidir queda siempre en manos de partidos menos votados. A menos votos, más influencia. Que alguien explique la virtualidad democrática de esta ecuación inversa.

En las autonomías, cuyo armazón institucional tiene naturaleza legislativa, se entiende mejor que sea la asamblea la encargada de determinar el Gobierno. Pero en los ayuntamientos, esencialmente ejecutivos y por tanto presidenciales, carece de sentido una estructura parlamentaria pura. Los alcaldes se pueden y se deben elegir directamente por el pueblo, y para ello hay dos formas esenciales: proclamar al cabeza de la primera candidatura o ir a una segunda votación entre los dos mejor colocados. Hasta ahora el PP se inclinaba por la primera modalidad porque al no existir otra fuerza en el segmento de centro-derecha quedaba obligado en todo caso a obtener mayoría absoluta con el actual sistema. Eso dificultaba el consenso. Pero la aparición de otro partido que le disputa el espacio y la fragmentación similar en la izquierda puede acercar posturas para una reforma necesaria que conviene abordar al comienzo de la próxima legislatura, cuando las municipales estén aún lejos, e incluyéndola en los programas electorales de gobierno. Una tarea inaplazable en el proceso, tan reclamado, de simplificar la política y despojarla de sus mecanismos endogámicos.

Es difícil que ocurra, sin embargo. Los dirigentes públicos funcionan a base de impulsos tácticos, prioridades inmediatas y plazos cortos. Cuando pasen las elecciones generales habrá otras preferencias y el debate se centrará en los nuevos equilibrios de poder. Si algún partido plantea la iniciativa los demás encontrarán el modo de aparcarla subsumiéndola en un plan mayor de reformas estructurales y hasta constitucionales. O simplemente nadie se acordará hasta que, como en el pasado otoño, suenen de nuevo los clarines de otra campaña. Entonces el argumento será diáfano y razonable: con la competición empezada no se cambian las reglas del juego. A los políticos les gusta en el fondo el ambiente del toma y daca de salones, el alcahueteo de chalanes que les hace sentirse ajedrecistas expertos. Y los próximos alcaldes, dentro de cuatro años, volverán a depender de las permutas más o menos confesables del mercado negro.

Ignacio Camacho
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