“Balance y cambios en el mercado de trabajo”

Íñigo Sagardoy de Simón

EXPANSIÓN

En un reciente artículo de The New York Times, de hace apenas cuatro días, se analizaba con detalle cómo las nuevas tecnologías, la economía colaborativa, la gig economy, están transformando profundamente el mercado de trabajo estadounidense desde dos puntos de vista. En primer lugar, el trabajo entendido como tradicional está dejando paso a nuevas alternativas de empleo donde lo usual comienza a ser el trabajo temporal, por proyectos, los trabajadores autónomos, los empleados ‘a llamada’, los llamados ‘uberizados’; alternativas en las que es difícil identificar propiamente una relación laboral o, incluso, en las que ni siquiera conoces a tu empleador. El cliente forma parte de tu relación profesional. Donde antes existían dos partes (empresa-trabajador), ahora existen tres (empresa-trabajador-cliente, siendo éste último al que principalmente dedicas tus esfuerzos profesionales).

Este tipo de empleo ha crecido significativamente en la última década y a nadie le puede quedar duda que está para quedarse. Conceptos que siempre hemos aprehendido tradicionalmente como la jornada, salario, dependencia, dan paso a nuevas formas de trabajar por horas, con compensaciones variables y con una independencia impropia de una relación jurídica-laboral. Todo ello derivado de una realidad –que ya está allí– basada en buscar creación de empleo a costa de una mayor flexibilidad parcialmente ayudada por las nuevas tecnologías.

En segundo término, todo ello está teniendo consecuencias notables en la protección social de estos nuevos trabajadores. Las compensaciones de la Seguridad Social derivadas de enfermedades, la protección por desempleo y hasta las prestaciones futuras en pensiones por jubilación, propias de un trabajo típico del siglo XX, casan mal con estas nuevas modalidades contractuales y profesionales del siglo XXI. Difícil equilibrio que debe ser resuelto más pronto que tarde si no queremos llevarnos una sorpresa negativa para estos trabajadores ‘no convencionales’, futuros consumidores de pensiones. Como se puede fácilmente deducir, estamos ante nuevos retos laborales que van a requerir la atención de cambios legales y reformas inmediatas.

España no es ajena a todo este fenómeno. En un contexto de un mercado de trabajo débil, que ha ido mejorando con evidente claridad en los últimos años, gracias al impulso reformista del Gobierno y a acuerdos muy responsables de los agentes sociales, sobre todo en el ámbito de la moderación salarial, nuestro país sigue enfrentándose –como por otra parte lo ha venido haciendo en los últimos cuarenta años– al drama del desempleo, con tasas absolutamente impropias de nuestra fuerza económica, nuestra posición geopolítica y nuestro entramado social.

Se hacen reformas laborales en la buena dirección, se logran convenios colectivos que consiguen salvar empleos (solamente con la congelación salarial y la ayuda de la reforma laboral se han podido mantener 900.000 empleos, según los datos de BBVA Research) y se observan crecimientos en el empleo absolutamente históricos, como venimos viendo sobre todo a partir del último año (el dato de disminución del paro del mes de marzo, conocido ayer, ha sido el segundo mejor de la historia de España). Pero la total recuperación de nuestro mercado de trabajo a niveles aceptables y homologables a países de nuestro entorno no podrá llegar hasta que, dejando a un lado debates ideológicos y ataques exclusivamente referidos a la calidad del empleo, exista un acuerdo integral de todas las partes implicadas (partidos políticos, sindicatos y empresarios) para poner en marcha unas reformas estructurales del mercado de trabajo que deberían basarse en estos cuatro pilares: competencia de España en un mundo globalizado dónde la inversión acude si las barreras regulatorias son menores y se obtiene un retorno razonable; nuevas formas de trabajo, más flexibles, que al igual que las tradicionales son capaces de absorber mucha mano de obra; promoción de nuevas actividades empresariales que van a ser demandadas por los consumidores, o mejor dicho, que ya lo son; necesaria protección social de los que son expulsados del mercado, no sólo desde el punto de vista económico, sino también en el ámbito del reciclaje, formación y cooperación con entidades que lo precisen.

Bajo estas premisas, se deberá construir un nuevo modelo laboral para una nueva realidad que está ya aquí. Claro que hace falta seguir reformando, pero más que hablar de reformas (a veces, con visión parcial) hay que pensar en Cambio –con mayúsculas–. Simplemente porque todo está cambiando: las empresas, el trabajo y las necesidades de los trabajadores. Si no lo vemos, seguiremos teniendo alegrías como las de ayer (bajada de paro y subida de los afiliados muy numerosa), pero me temo que no serán muy duraderas. Creo que no es tarde para conseguir un mercado de trabajo sólido y robusto como el que nos merecemos después de esta crisis devastadora. En esta tarea nos tenemos que poner todos, porque no hay duda alguna que nuestra prioridad como país es la creación de empleo. ¿O alguien lo duda?

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