José Antonio Carrizosa

DIARIO DE SEVILA

Tras la primera votación de la investidura, por ahora frustrada, del candidato socialista, no parece muy desatinado pensar que nos encaminamos a unas nuevas elecciones. Por lo escuchado hasta anoche en el hemiciclo, no quedarían muchas dudas. Pero en política, como en tantos aspectos de la vida, las apariencias engañan y no hay que descartar que finalmente la dura pelea dialéctica que ofrecieron ayer Pedro Sánchez y Pablo Iglesias se convierta dentro de unos días en un sainete y al final los veamos formando parte del mismo banco azul. Cosas más raras se han visto. En contra del sentir mayoritario en la opinión publicada, mantengo el criterio de que unas nuevas elecciones, aunque no arrojaran resultados muy diferentes a los del 20 de diciembre, sí servirían para clarificar las cosas. Me explico: serían útiles si los partidos se cambian el chip y entienden que negociar es, por definición, ceder. Tendrían que ser unas elecciones a las que, por lo menos, los mayoritarios fueran con mentalidad más abierta y también, no sería una cuestión menor, con alguna nueva cara. Ello permitiría, sin ir más lejos, que no se volviera a escuchar lo de “qué parte del no no ha entendido usted” y que fuera imposible que el partido que ganase las elecciones tuviera bloqueado desde el primer minuto la posibilidad de hablar con el segundo o el tercero. Las últimas elecciones generales rompieron para siempre el bipartidismo en España, pero lo hicieron de la peor forma posible: sin que fuera posible articular una mayoría que permita constituir un Gobierno que tire para adelante en una situación en la que el país se juega cosas tan importantes como la consolidación de su recuperación económica y la regeneración democrática. El pantano en el que estamos metidos se debe, sobre todo, a que la única suma posible, la del Partido Popular y el Partido Socialista, la han convertido en imposible. Si una nueva llamada a las urnas hace que sin abandonarse los principios se dejen atrás los dogmatismos y se pongan encima de la mesa lo que une, seguro que no es tan difícil. Ocurre, y no con poca frecuencia, en muchas democracias consolidadas y no tiene por qué ser imposible en España. Dudo que para ese empeño sirvan los líderes que, a derecha e izquierda, nos han llevado a la situación en la que estamos ahora. Al final vamos perder meses en los que se podían haber hecho muchas cosas y nos vamos a gastar decenas de millones para darnos el lujo de repetir unas elecciones. A ver si aprendemos.