Ignacio Camacho

ABC

Si todo esto no es un puro teatro, si el lenguaje de la política conserva algo de coherencia, dignidad y autorrespeto, el bloqueo de la legislatura es insalvable. El antagonismo entre Rajoy y Sánchez no tiene más solución que la desaparición de uno de los dos, o de ambos. El de Rivera con el presidente se amplió ayer con una zanja de veto, y el de Iglesias con Rivera crece a medida que se incuba una acusada rivalidad tercerista. Además el líder de Podemos levantó ayer ante el del PSOE un áspero muro de desencuentro revocado de cal viva. En cualquier ámbito normal de relaciones tanta hostilidad cruzada daría lugar a una ruptura irreversible, pero con el poder por medio no existen incompatibilidades definitivas.

Así, salvo en lo que se refiere a la tensión insoluble entre los dos dirigentes mayoritarios, la generalizada reyerta dialéctica del debate de investidura deja la duda de la sobreactuación, de una impostura relativista. En una lectura lineal de la sesión –por otra parte un vistoso espectáculo parlamentario, de gran intensidad dramática– no habría más conclusión posible que el colapso hasta la convocatoria electoral. Sin embargo dos meses son una eternidad en política, un mundo donde sólo rige el presente. Un escenario con paredes de cartón piedra y cuyos actores declaman papeles escritos con la tinta blanca del olvido.

En apariencia, el conflicto fue ayer demasiado lejos. La soflama incendiaria de Pablo Iglesias, una perorata de populismo quincemayista con lenguaje de barricada, un mitin callejero de chavismo mesiánico, contenía dinamita para volar cualquier puente de entendimiento. Pero Sánchez, aun obligado por pura autoestima a replicar con el ceño fruncido, reaccionó como quien pone el pie para evitar un portazo. Su insistencia en que no hay mayoría de izquierdas, la doctrina de Felipe González, parecía una muletilla más aprendida que asimilada. Si de veras lo cree este ya no es un Parlamento colgado, como el hungparliament británico, sino una Cámara clausurada.

Empero, tal vez lo que vaya a concluir esta semana de cerrada confrontación sea sólo la primera fase del primer acto. La votación del viernes dejará en vía muerta el acuerdo con Ciudadanos, que Albert Rivera defendió como candidato-consorte con más eficacia, fe y brillo que su socio, empleándose al mismo tiempo para cerrarle puertas a un Rajoy que parecía satisfecho de su socarrón, despectivo repaso al aspirante. La cuestión pendiente es si queda margen para que Sánchez explore otra vía, la primera a la izquierda, a costa de lamerse las heridas que le abrió un Iglesias iluminado en su dramatismo jacobino. El clima era de precampaña electoral. Sólo que aún falta demasiado tiempo. Y estos tribunos de retórica tan inspirada creen en el fondo que el poder es algo demasiado importante para dejar, si pueden evitarlo, que lo decidan los ciudadanos.