Ignacio Camacho

ABC
Después de la cornada de antier, el PP puede hacer autocrítica de sus errores o consolarse pensando que al fin y al cabo sigue vivo. Puede analizar por qué han huido muchos de sus votantes o puede sentir el despecho de considerarlos unos ingratos. Puede lamentar la unidad movilizada de la izquierda y la desunión pasiva de la derecha o preguntarse por qué han fallado sus discursos sobre la recuperación y la estabilidad. Puede lamentar l a burbuja mediática de un relato pesimista de España o minimizar la corrupción como problema desmotivador. Puede admitir que tiene una severa avería o continuar avanzando hasta que se extenúe su motor gripado. Si opta por la autocomplacencia, entenderá que lo peor ha pasado y que a pesar de todo le ha sacado dos puntos al PSOE. Que sus electores han ejecutado el castigo pendiente, la catarsis del desahogo, y que su desplome ha tocado suelo. Que los votantes fugados hacia Ciudadanos volverán desengañados de la poca utilidad de su voto, y que los abstencionistas regresarán también bajo un ataque de pánico al frentepopulismo. Dará en creer que en unos meses más la gente que aún no se siente concernida por el crecimiento económico verá la luz y se rendirá a la evidencia. Se dará tiempo a sí mismo para lamerse las heridas y esperar que cicatricen solas. Se considerará víctima de una injusticia popular como la que expulsó del poder a Churchill tras ganar la guerra. Y se autoproclamará vencedor seguro de las generales extrapolando los votos locales y concediéndose una prima estabilizadora.
Por el contrario, si se mira a fondo por dentro entenderá que el domingo escapó por los pelos de un descalabro terminal y que está jugando con la catástrofe. Abordará un debate a fondo sobre sus fallos de táctica y de estrategia, sobre la crecida de la desconfianza entre sus bases, sobre las razones por las que no calan sus argumentos, sobre su incapacidad para detectar las claves del cambio social y para adaptarse al nuevo paradigma político. Aceptará la evidencia de que se ha convertido en un partido abotargado, antipático para los jóvenes, necesitado de una renovación de formas y de lenguaje. Tomará la delantera para plantearle a C´s una oferta pública de regeneración que no pueda rechazar en vez de esperar que Rivera le imponga cláusulas humillantes. Comenzará a redactar un programa con propuestas de gancho que acaparen los focos de la opinión pública. Y emprenderá una renovación de su nomenclatura que alcance incluso, ay, la discusión siquiera teórica sobre la idoneidad del candidato. Se trata, en definitiva, de continuar agarrado al espíritu de resistencia marianista o asumir con todos sus riesgos la iniciativa política. A sabiendas de que a estas alturas ninguna de las dos actitudes garantiza ya el triunfo. Pero también que la diferencia consiste en quedarse esperando la derrota o salir a buscar la victoria.
Ignacio Camacho
ABC
]]>