Antón Costas

LA VANGUARDIA

Desde hace meses, cuando en el crepúsculo del fin de semana me siento a escribir esta columna, lo hago con la intención de abordar alguno de los retos europeos y globales que condicionan nuestro progreso económico y social y a los que no prestamos atención adecuada. Pero ese im­pulso inicial acaba cediendo a la tentación de hablar de lo nuestro. Hoy me ha ocurrido lo mismo.

Desde hace tres años vivimos encerrados con un solo juguete. Si en la novela de Juan Marsé el juguete era el sexo, en la nuestra es el proceso. Aunque, bien mirado, también tiene algo que ver con el sexo, pero con el de los ángeles. Porque, como luego diré, nadie sabe a ciencia cierta de qué hablamos cuando hablamos de independencia si, a la vez, queremos seguir perteneciendo a la UE y al euro.

Una forma de escapar a este juego obsesivo y diabólico hubiese sido dejar que los ciudadanos expresaran sus preferencias políticas en unas nuevas elecciones. Pero se ha huido de ellas como gato escaldado. Se ha buscado en la negociación partidista aquello que las urnas no concedieron el 27-S, según frase elocuente del expresident Artur Mas.

Veremos pronto el efecto de esa huida de las urnas. Pero probablemente hay una cosa que se resentirá de inmediato. Es el buen orden institucional y administrativo. La tormentosa forma en que se ha llegado al pacto de investidura y su propio contenido suscitan dudas razonables que no presagian la estabilidad política necesaria para el buen funcionamiento institucional y el gobierno cotidiano de la cosa pública.

En estas circunstancias políticas nada apacibles, ¿qué enseñanzas se podrían ex­traer de la convulsa vida política catalana de los últimos tres años que puedan servir de guía para el nuevo Govern de la Generalitat?

Dicho con buena fe, veo cuatro lecciones que pueden ser útiles y ampliamente compartidas:

Primera. No se puede gobernar sólo para una parte de la sociedad. En una sociedad pluralista como la catalana, la independencia es un objetivo socialmente divisivo. Todas las elecciones que ha habido hasta ahora, y también todas las encuestas de opinión, muestran que la opción mayoritaria es la aspiración a mejorar el autogobierno, no la ruptura. Sin duda, la independencia es una aspiración política legítima. Pero no puede constituir la prioridad absoluta del nuevo Govern, si no es a riesgo de la fractura social.

Segunda. Las reglas de funcionamiento democrático se pueden, y se deben, cambiar cuando es necesario; pero no se pueden romper unilateralmente a conveniencia de una parte. Como ha señalado por unanimidad en dos ocasiones recientes el Tribunal Constitucional, no hay nada en la Constitución que impida una consulta en Catalunya. Pero ha de hacerse de acuerdo con las normas democráticas del Estado de derecho acordadas en la Constitución. Estas normas no son una cuestión meramente formal que se puede obviar cuando se cree que es por una buena causa. No existe ningún pretendido mandato democrático que esté por encima del Estado de derecho. Este ha sido una conquista fundamental de la democracia frente al arbitrarismo de los estados aristocráticos y autoritarios de los siglos pasados. Además, cuando se rompen esas normas de forma unilateral, se legitima a otros a hacer lo mismo pero en sentido contrario.

Tercera. Las decisiones políticas unilaterales e ilegales, como la resolución del ­9-N del Parlament, tienen consecuencias negativas. Como ocurre con los malos hábitos y algunos fármacos, sus consecuencias puede que no sean evidentes de inmediato, pero a medio y largo plazo acostumbran a ser lesivas para la economía y el progreso social. Estamos ante lo que los clásicos llamaban las consecuencias no deseadas de las decisiones propias, que no por no deseadas dejan de ser menos reales.

Cuarta. La independencia absoluta, con lo que significa de creación de un Estado-nación-clásico, no es compatible con la pertenencia al euro, a la Unión Europea y a los organismos internacionales. De hecho, si leemos lo que no dice la declaración del Parlament del 9-N, esta consecuencia está clara también para los que redactaron y votaron esa resolución. Se puede ser como el Estado Libre de Baviera dentro del Estado federal alemán, pero Baviera no puede ser un Estado independiente del Estado alemán y seguir en la UE.

A la espera de que futuras elecciones revelen las prefe­rencias políticas del conjunto de la sociedad catalana, creo que estas cuatro enseñanzas de­berían ser tenidas en cuenta por el nuevo Govern de la Generalitat. No se trata de que renuncie a su aspiración política, sino que no la convierta en prioridad absoluta y sepa hacerla compatible con la preferencia mayoritaria de un mejor autogobierno, pero sin llegar a la ruptura. En el debate de investidura el nuevo presidente de la Generalitat se ha comprometido a gobernar para todos. A esa promesa hemos de confiarnos para volver al interés común.

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