Ignacio Camacho
ABC

Todo el mundo sabe que Grecia no va a pagar sus préstamos porque aunque quisiera no podría en cincuenta años. Tampoco España, si vamos a eso, aunque nosotros sí podemos al menos ir pagando los plazos. Lo que Europa pide al Gobierno griego es que muestre voluntad, o apariencia de voluntad, de honrar la deuda en vez de considerarla una especie de afrenta contra su soberanía nacional y su independencia ideológica. Que acepte al menos las garantías teóricas, casi virtuales, de un plan de viabilidad más bien ficticio, convencional, destinado a salvaguardar la formalidad del crédito. Que se comprometa de forma responsable con su condición de deudor y deje de criminalizar a los acreedores.

Pero Tsipras, el aprendiz de brujo, ha decidido presentarse como víctima de un chantaje. Desde el principio juega a convertir su problema en el de la UE, amenazando la estabilidad del euro con la implosión de su propio Estado. Pretende realizar su iluminada fantasía con un órdago de fullero, con la coacción de una crisis por arrastre: si yo caigo vosotros palmáis. No ha comprendido que Bruselas lleva dos años levantando cortafuegos financieros contra posibles sacudidas de contagio y que muchos gobiernos comunitarios, inquietos ante el avance del populismo de izquierda, simpatizan con la idea de un escarmiento político, incluso a coste alto, contra el aventurerismo de Syriza. El corralito bancario de Grecia, 60 euros diarios, es en ese sentido un argumento devastador contra el demagógico relato populista.

Este nacionalismo izquierdista que moldea sobre tópicos una realidad falsificada ha construido, en Grecia como en España, un artefacto ideológico cuajado de tópicos y mitología simplista. Una democracia directa frente al dictado austericida de los banqueros, ciudadanos rebeldes en las Termópilas de los referendos frente a los ejércitos de la malvada Troika. Trucos de mal pagador, literalmente; coartadas de despilfarro que jamás aceptará la Europa calvinista. El otro gran marco mental de este embeleco propagandístico es el de que los pueblos son inocentes, como si en democracia se pudiesen eludir las responsabilidades colectivas. El destruido Estado de bienestar griego se construyó sobre una monumental trampa, bien que consentida, en la que el pueblo colaboró con tenaz pasión embustera y fraudulenta, bien lejana de la buenista y virginal honradez rousseauniana. Y para prolongar esa engañosa ficción de gasto sin control se ha entregado a la cháchara de unos traficantes de futuro que prometían abolir las obligaciones y cazar unicornios.

Eso no significa que el pueblo griego merezca un castigo aún mayor del que ya recibe. Pero sí que no sea responsable, o cómplice, de entregarse a una fantasmagoría suicida. Es responsable, como mínimo, de sus propias decisiones. De haber votado primero a unos corruptos y luego a unos farsantes.

Ignacio Camacho
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