Marisa Cruz

EL MUNDO

PP, Podemos, minorías de izquierda y nacionalistas tumban la investidura y activan el reloj electoral

La nueva política y, sobre todo, sus líderes han venido para quedarse y para ocupar todo el espacio. Les ha bastado su primer debate parlamentario de gran gala -el de no investidura de Pedro Sánchez- para demostrarlo. Albert Rivera, de Ciudadanos, y Pablo Iglesias, de Podemos, acapararon el miércoles el protagonismo de una sesión que se cerró como estaba previsto: tumbando por 219 votos en contra frente a 130 a favor y una abstención las aspiraciones del candidato socialista a la Moncloa.

Con Sánchez, aunque todavía le queda una segunda oportunidad el viernes, decaerá el pacto que firmó con Ciudadanos y que ha intentado adornar con tintes históricos y «redoble de tambores» presentándolo como la ocasión para expulsar al PP del poder y formar un Gobierno posibilista de «mestizaje» ideológico.

Mariano Rajoy y Pablo Iglesias se encargaron, uno por la derecha y el otro por la izquierda, de triturarlo, al mismo tiempo que hacían trizas las esperanzas del aspirante a la investidura que tampoco encontró apoyo en los grupos minoritarios de izquierda ni nacionalistas.

Al término de la jornada, cuando ya los votos habían lanzado su sentencia inapelable, la sensación de que el país, visto el enroque de unos y otros, se encamina directo a nuevas elecciones el 26 de junio, se extendía como una mancha de aceite. No en vano, el miércoles empezó a correr el reloj electoral.

De la debacle del pacto, sin embargo, se salva Rivera porque supo encontrar un hueco por el que nadie apostaba y desde el que logró arrebatarle incluso a su socio de gobernabilidad para el cambio, la batuta de director de orquesta.

El líder de C’s no se resignó a figurar de «comparsa» ni de «segundo plato» y, además de defender con claridad los principios clave de un programa que se sabe mejor y que le cuadra más que al socialista, no dudó en cantarle las verdades del barquero tanto al jefe de filas del PP como al siempre mediático y un punto excesivo secretario general de Podemos.

A Rivera le resbaló lo de la «naranja mecánica» que utilizó malévolamente Iglesias para intentar trasladar una imagen peligrosa y autoritaria de Ciudadanos. Tampoco le importaron los reproches directos de Rajoy, dolido aún porque aquel cuya fidelidad creía descontada, finalmente optara por negociar con los socialistas.

Más aún, lejos de amilanarse y sin perder la compostura, atizó donde más dolía. A Rajoy le lanzó un gancho directo, acusándole de «pereza» por haberse sentado a la espera de ver pasar por delante el cadáver del enemigo sin prestarse al combate, e instándole abiertamente a retirarse de la escena y dejar que otro rostro del PP ocupe su lugar. «Con usted no es posible la regeneración», llegó a decir hincando el diente en los problemas de corrupción que devastan las fuerzas populares, antes de urgir a las propias huestes marianistas a que opten por otra cara para el cartel electoral.

Pablo Iglesias, desde el otro flanco del Hemiciclo, también se lució. Con su habitual estilo agresivo y revolucionario disparó sin piedad contra la línea de flotación del candidato socialista al que acusó de haberse entregado en brazos de la derecha que representa Rivera. Tanta fue la furia del líder de Podemos que no dudó incluso en arremeter contra el pasado del PSOE y su icono ideológico,Felipe González, del que afirmó: «Tiene las manos manchadas de cal viva».

Una ola de indignación y rabia recorrió la bancada socialista ante tales palabras. El puñetazo fue tan duro que muchos, en los pasillos, daban por finiquitada cualquier posibilidad de que a partir del lunes, cuando comience la segunda etapa de este largo camino en búsqueda de un Gobierno, Pedro Sánchez cuente con el aval de su partido para sentarse a negociar con Iglesias.

Más aún, hubo diputados socialistas que ni siquiera entendieron que su líder, pese a la afrenta, volviera a pedir el voto a Podemos.

Iglesias dijo estar dispuesto al diálogo aunque, eso sí, su apoyo se ha encarecido considerablemente. Sánchez tendrá que girar 180 grados y olvidar el idilio con Ciudadanos si desea intentar el pacto de izquierdas que plantea la formación morada y, por supuesto, concederle todas las reclamaciones que ponga sobre la mesa.

«No nos trate con displicencia. Nunca más habrá bipartidismo», le advirtió exigente el líder de Podemos que incluso llegó a sugerir que Pedro Sánchez, al pactar con Rivera, no ha hecho sino «traicionar» a su gente. «No se extrañe», le espetó, «si los trabajadores les exigen cualquier día que entreguen la S y la O de sus siglas». Y para terminar de acribillarle, sentenció: «No nos fiamos de ustedes. Sólo nosotros ofrecemos garantía».

Estas andanadas casi hicieron olvidar las que a primera hora de la mañana había lanzado Mariano Rajoy y que también fueron demoledoras. El presidente en funciones, un parlamentario experimentado, enhebró una intervención contundente, ágil y trufada de acerada ironía, rayana en algunos momentos en el desprecio y la falta.

Para Rajoy, lo del miércoles era una pantomima porque lo que estaba en juego no era más que una «candidatura ficticia».

El popular hizo mofa y befa del acuerdo suscrito por Sánchez y Rivera presentándolo como «un gran paso histórico que, sin duda, los niños estudiarán en las escuelas con el Compromiso de Caspe y los Pactos de la Moncloa».

No se privó de recordar, una vez más, que el PSOE, con Pedro Sánchez al frente, cosechó el 20-D el peor resultado electoral de su historia y, no contento con ello, calificó al candidato a la investidura de ser un «bluf», un hombre preocupado en exclusiva por «su propia supervivencia» política.

Aprovechó para repasar someramente los logros económicos de su propio mandato y advertir de que las pretensiones del candidato socialista, en caso de prosperar, «devolverían el país a la ruina». «A ustedes, los socialistas», dijo, «les deslumbra el brillo del pan para hoy y no se acuerdan nunca del hambre para mañana».

Rajoy puso todo su empeño en machacar las propuestas de «Gobierno reformista y de progreso» que plantea el líder del PSOE. «La reforma consiste», afirmó, «en la voladura del edificio, y el progreso, en el retorno al pasado».

Sánchez fue breve en su réplica a Rajoy. Quizá demasiado. Apenas esgrimió argumentos más allá de acusar al popular de haber renunciado a ser él quien optara a la investidura y permitir, por tanto, que el país se sumiera en la parálisis institucional. Pudo hacer uso de artillería pesada, pero sorprendentemente renunció.

El debate, el primero de una legislatura que se sospecha brevísima, dejó un aroma persistente a fracaso que probablemente ninguno esté en condiciones de superar.