Fabián Márquez
EXPANSIÓN

No estamos ante un año fácil. Tres comicios y un cuarto, el de las elecciones catalanas del 27 de septiembre, y las anticipadas elecciones andaluzas del 22 de marzo de este año; capaces cada una de ellas, y sobre todo las elecciones generales al término de esta legislatura, de desestabilizar el país.Por el momento, el PP y su líder, Mariano Rajoy, resisten: gobiernan con mayoría absoluta, y el tiempo que resta hasta la última cita electoral será aprovechado por el Gobierno para aprobar las asignaturas pendientes. ¿O no? Porque esa es la cuestión. Algunos imputan a Rajoy una “blandura” que hasta ahora no ha demostrado. Es cierto que está sentado sobre un barril de pólvora: crecimiento por encima de la media europea –1,4% el pasado 2014 y un previsible 2%-2,5% este año–, pero insuficiente para recuperar a corto plazo el empleo perdido en la crisis. Creciendo los próximos años al 2,5% de media anual no recuperaremos el nivel de empleo que teníamos en el año 2008 hasta 2028. Pero eso no obsta para que los signos de recuperación incipientes incentiven la confianza de los españoles en el futuro. Las encuestas del CIS son categóricas: el presente político y económico es decepcionante, pero el futuro será sin duda mucho mejor. El problema es quién capitalizará esa esperanza.

El PSOE, que parecía haber tocado suelo, sigue sin recuperar el espacio político perdido, y su marca catalana PSC-PSOE carece de identidad para disputar la primogenitura a nadie. IU comparece deglutida por Podemos, que lógicamente acomoda su oferta política para atraer a los desengañados del PSOE, e incluso se atreve a ir más allá, a sabiendas de que no gobernará quien no esté en condiciones de disputar a los demás la ocupación del centro político. Los optimistas del PP creen que a medida que pasen los meses se pondrá de manifiesto la falta de credibilidad de la marca populista Podemos. Lo ha dicho Rajoy: venden humo y la frustración consiguiente puede ser mayúscula; los experimentos con gaseosa, que decía el maestro D’Ors. Si el objetivo es el poder, una vez alcanzado, todo puede cambiar: el lenguaje político y hasta las instituciones. Las encuestas del CIS seguirán demostrando que la ciudadanía se encuentra instalada en la moderación, razón por la cual Rajoy apuesta por ella.

La regeneración democrática es inevitable. Una nueva generación política está decidida a penetrar en el sancta sanctorum del poder político. El equilibrio necesario de experiencia y osadía en el que consiste un prudente liderazgo no se dará si los partidos políticos en liza no se aprestan a renovar sus propuestas, y con ellas sus mesnadas. Y tampoco las fuerzas sociales pueden aparecer aletargadas, aparentemente incapaces de ofrecer alternativas. La falta de resolución y el miedo a reformar es un lujo que no puede permitirse nadie, pero menos que nadie el Gobierno. A estas alturas del partido, sólo resta seguir adelante, culminar el proceso reformador iniciado a comienzos de la legislatura.

MERCANCÍA AVERIADA

Es lógico que el Gobierno presuma de que administrar tal situación no puede estar al alcance de cualquiera, y que por el contrario vender el paraíso como consecuencia de la puesta en práctica de medidas periclitadas en medio mundo no producirá más que una inevitable frustración. No obstante lo anterior, que nadie se llame a engaño: no ganarán las elecciones quienes prometan a la ciudadanía menos Estado, menos unidad nacional, menos servicios públicos fundamentales, menos Sanidad pública, una Educación de baja calidad y una manifiesta insolidaridad de los que más tienen contra los desfavorecidos. El centro político en el que se encuentra instalada la mayoría de la ciudadanía exige lo contrario. Es preciso soltar mercancía averiada y despojarnos de la grasa superflua acumulada tras treinta años de partitocracia, a la que hay que agradecerle que, pese a todos sus defectos, nos haya deparado un firme sistema democrático que ha resistido a la crisis y a las fuerzas centrífugas que constituyen los nacionalismos identitarios vasco y catalán.

Para gobernar es preciso hacerlo sobre bases nuevas, sin clientelismos hirientes o sociedades subsidiadas en pos de un objetivo común de progreso mutuo, capaz de confirmar una auténtica y decidida voluntad nacional. Si no fuera así, 2015 sería la antesala del infierno, pero no lo creo. Este viejo país llamado España es más duro e inteligente de lo que parece.

FABIÁN MÁRQUEZ
EXPANSIÓN